I
El ala de su sombrero desapareció en silencio entre la penumbra espesa del final de la calle, donde las farolas habían sido reventadas a pedradas por la última manifestación de los estudiantes. Salir a la calle resultaba peligroso esos días, podías toparte con alguno de los grises pidiendo la documentación e invitándote a gozar de su hospitalidad en la Dirección General de Seguridad, pero la necesidad imperiosa de desvelar el misterio vencía mi miedo, así que, con el corazón golpeando el pecho, seguí en silencio el ruido tenue de sus pasos.
Aquel tipo vestía demasiado bien para trabajar de ayudante en una agencia de publicidad. En los mentideros del barrio no cesaban de comentar sus salidas a horas intempestivas, la suciedad que deslustraba el corte impecable de sus trajes cuando regresaba al alba y el brillo libidinoso que impregnaba su mirada si la cruzaba contigo al saludarte en el portal. Aunque qué demonios sabrían aquellas porteras a qué podía llamársele libidinoso, tan sólo habían escuchado la palabra en los sermones dominicales del viejo párroco franquista.
Todo su mundo estaba envuelto en un velo de misterio que me había seducido paulatinamente: su perenne sombrero, el aterrador silencio que se adueñaba de su apartamento cuando él estaba allí, la sinfonía de Beethoven que acompañaba su ritual de aseo matutino (siempre tres golpes de la cuchilla contra el lavabo para limpiarla, siempre un estornudo tras el agua de colonia), la extrema delgadez que se adivinaba en sus muñecas a pesar de recibir un generoso pedido semanal de la tienda de ultramarinos... y su exquisita educación, carente de todo calor, sin usar una palabra más de las necesarias, por ocultar, quizás, el rastro de un leve acento extranjero.






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