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Antiguo 02-12-2005, 01:29:24   #51 (permalink)
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Más Kafka:

LOS ÁRBOLES

Porque somos como troncos de árboles en la nieve; en apariencia, están puestos lisos sobre ella, y con un pequeño empujón uno debería hacerlos correr. No; no es posible, porque están fuertemente unidos al suelo. Pero mira... esto es, incluso, sólo aparente.
Ramon Llull se la estará cascando   Responder Con Cita
Antiguo 02-12-2005, 02:29:38   #52 (permalink)
Super Frikazo
 
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Augusto Monterroso

El dinosaurio

Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí.



El buen hombre debió herniarse para llegar a tanto. No sé qué le verán al famoso microcuento.
__________________
Efficiunt Furiae, ut quae non sunt, sic tamen quasi sint, conspicienda hominibus exhibeant
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Antiguo 02-12-2005, 14:48:21   #53 (permalink)
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Bueno, Juvenal, cuanto menos, invita a pensar. Imagino que ahí está el secreto del relato, lo abierto del mismo, aún en apariencia hermético, ya que la visión de cada lector será completamente distinta a cada una de las lecturas que se haya hecho de él.
Desde mi obtusa imaginación, me recreo en el pensamiento de la desesperación, de la pesadilla del profundo sueño patentada con la visión del despertar... o quizá sea un círculo en el que jamás se despierta y las pesadillas nos persiguen, como si fueran pecados que debemos purgar en uno y otro sueño del que jamás despertaremos... o tal vez una vida plagada de miedos en la que no se distingue la realidad del sopor... o simplemente eso, que tenemos un dinosaurio que nos hace compañía
__________________
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Antiguo 02-12-2005, 17:39:31   #54 (permalink)
Mosca cojonera y pitufo gruñón
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o imagina que un dinosaurio ha estado persiguiendote en sueños y has despertado cuando casi iba a atraparte y al abrir los ojos ves al dinosaurio frente a ti.........pero, quien dice que tu seas una persona?
ruben_vlc se la estará cascando   Responder Con Cita
Antiguo 02-12-2005, 21:35:18   #55 (permalink)
Mosca cojonera y pitufo gruñón
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LA PARTIDA (Kafka)

ordené que trajeran mi caballo del establo. El criado no me entendió, así que fui yo mismo. Ensillé el caballo y lo monté. A la distancia oí el sonido de una trompeta y pregunté al mozo su significado. Él no sabía nada; no había oído sonido alguno. En el portón me detuvo y preguntó:

- ¿Hacia donde cabalga señor?

- No lo sé -respondí-, sólo quiero partir, sólo partir, nada más que partir de aquí. Sólo así lograré llegar a mi meta.

- ¿Entonces conoce usted la meta? -preguntó él.

- Sí -contesté-. Ya te lo he dicho. Partir, esa es mi meta.

- ¿No lleva provisiones? -preguntó.

- No me son necesarias -respondí-, el viaje es tan largo que moriré de hambre si no consigo alimentos por el camino. No hay provisión que pueda salvarme. Por suerte es un viaje realmente interminable.
__________________
ruben_vlc se la estará cascando   Responder Con Cita
Antiguo 03-12-2005, 22:32:24   #56 (permalink)
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[24] Como ejemplo de inutilidad de estos filósofos para las cosas de la vida, sirva el mismo Sócrates, juzgado por el oráculo de Delfos como el único hombre sabio, aunque sin ninguna razón. Pues, cuando en cierta ocasión trató de defender en público cierto asunto, tuvo que retirarse en medio de la carcajada general. Digamos, sin embargo, que en un punto este hombre fue lo suficientemente sensato como para rechazar el calificativo de "sabio", atribuyéndoselo a Dios. Sostenía, además, que el hombre sabio debía estar apartado de la política. Aunque quizá debiera haber ido más lejos y aconsejar a todo el que quiera contarse en el número de los hombres que renunciase a la sabiduría. ¿Qué fue sino la sabiduría la que le llevó a beber la cicuta después de las acusaciones? Cuando filosofaba sobre las nubes y las ideas, cuando medía el salto de una pulga o estudiaba el zumbido de un mosquito, se le escapaba todo lo relativo a la vida.
¿Y qué decir de su discípulo Platón, excelente abogado, que acudió a defenderle cuando peligraba su cabeza? Desorientado y aturdido por el tumulto de la chusma, apenas si pudo pronunciar el primer período. Y ¿para qué hablar de Teofrasto? Cuando se adelantaba a hablar ante una asamblea, se quedó de repente mudo como si hubiera visto al lobo. En tiempo de guerra, Isócrates habría electrizado a los soldados, pero era tan tímido que nunca se atrevió a abrir la boca. Cicerón, padre de la elocuencia romana, siempre comenzaba a hablar en un estado de nervios increíble, casi como un niño balbuciente. Fabio Quintiliano explica el hecho como señal de un orador inteligente y consciente del riesgo que corría. Pero, al hablar así, ¿no está admitiendo abiertamente que la sabiduría se opone a la buena gestión de los asuntos? Si la gente se desmaya de miedo cuando tiene que luchar con las simples palabras, ¿qué haría si tuviera que empuñar las armas?
Y lo que más admira es que todavía se siga celebrando, Dios santo, aquella célebre frase de Platón: "Felices los estados en que los filósofos son reyes o los reyes filósofos". Porque si observas la historia, te darás cuenta de que no ha habido peor peste para los estados que cuando el poder ha caído en manos de gobernantes tocados por la filosofía o aficionados a la literatura. Prueba de ello son los dos Catones: el uno perturbó la paz de la república con sus insensatas delaciones, y el otro llevó a la ruina la libertad del pueblo romano al querer defenderla con excesiva sabiduría. Puedes añadir a éstos los Brutos, los Casios, los Gracos y al mismo Cicerón, que fue no menos pernicioso a la república romana que lo fuera Demóstenes para Atenas. Por lo que atañe a Marco Aurelio, concedamos que fue un buen emperador, cosa que yo podría rebatir diciendo que su misma condición de filósofo le hacía impopular y molesto a sus ciudadanos. Admitamos que fue bueno, pero indudablemente hizo más mal a Roma, dejando el hijo que dejó, que beneficio con su administración.
De hecho, este tipo de hombres entregados día y noche a la sabiduría son desdichadísimos en todo, en especial a la hora de engendrar hijos. Me imagino que la naturaleza quiere asegurarse con ello que el mal de la sabiduría no se extienda entre los hombres. Pues es sabido que el hijo de Cicerón fue un degenerado, y que los hijos de aquel gran Sabio que fue Sócrates se parecían más a su madre que a su padre, es decir, que como alguien escribió certeramente: eran necios.

Erasmo de Rotterdam, Elogio de la locura.
Ramon Llull se la estará cascando   Responder Con Cita
Antiguo 03-12-2005, 23:39:35   #57 (permalink)
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12 de agosto de 1771

-"¡Ay de vosotros los hombres razonables!- exclamé sonriendo-.
¡Pasión!, ¡embriaguez!, ¡demencia! Estáis ahí tan tranquilos, tan
impasibles, vosotros los virtuosos reprobáis al borracho, despreciáis al
insensato, pasáis de largo como un sacerdote y dais gracias a Dios como
los fariseos, por que no os ha hecho como a uno de esos. Yo me embriagué
más de una vez, mis pasiones rayaron en la locura y ninguna de ambas me
pesa: pues he aprendido a comprender en su medida que todos los hombres
extraordinarios que han realizado cosas grandiosas, algo que parecía
imposible, ha sido siempre tildados de locos y borrachos.
Incluso en la vida ordinaria resulta intolerable el oír gritar a
casi todo el mundo ante una acción libre, noble, inesperada: "¡Ese
hombre está borracho; es un loco! ¡Avergonzaos vosotros los sobrios!
¡Avergonzaos vosotros los sabios!"
(...)
La naturaleza humana -continué argumentando- tiene sus límites:
puede soportar hasta cierto grado la alegría, las penas y sufrimientos,
pero sucumbe en cuanto sobrepasa esa barrera. No se trata por tanto aquí
de si uno es fuerte o débil, sino de si puede soportar el grado de
sufrimiento, bien sea moral o físico. Y me parece igualmente absurdo
tachar de cobarde a quien se quita la vida; como no sería pertinente
tildar de cobarde a quien muere de una fiebre maligna."
(...) Concederás que llamamos enfermedad mortal a aquella que
ataca de tal modo a la naturaleza que destruye en parte sus energías, en
parte las inutiliza para el servicio, hasta que ya no puede valerse más
por sí misma, ni es capaz de restablecer el curso ordinario de la vida
mediante alguna reacción afortunada.
Pues bien, querido, apliquemos esto mismo al espíritu. Observa
al hombre en sus limitaciones, mira cómo actúan sobre él las
impresiones, cómo arraigan en él las ideas, hasta que al fin una pasión
creciente le roba todas las serenas fuerzas de su razón y le impulsa a
su destrucción.
¡En vano el hombre sereno y sensato contempla el estado del
desdichado, vanas serán las palabras que le dirija! Viene a ser lo mismo
que si una persona de buena salud se sienta al lecho de un enfermo; no
podrá transferirle ni un ápice de sus fuerzas."


18 de agosto de 1771

Es como si un telón hubiese caído ante mi alma y el escenario de
la vida infinita se transforma ante mis ojos en el abismo de la tumba
siempre abierta. ¿Podrás decir: "Eso existe" cuando todo pasa?, ¿cuando
todo desaparece con la rapidez del relámpago y tan raramente perdura la
fuerza de su ser, ¡ay! arrastrado por la corriente, sumergido y
estrellado contra las rocas? No hay momento alguno que no te devore ni a
ti, ni a los que te rodean, ni un solo instante que tú no seas y debas
ser destructor; el más inocente paseo cuesta la vida a miles de
gusanillos, una pisada destruye la vivienda que con tanto esfuerzo han
construido las hormigas y sepulta un pequeño mundo en una mísera tumba.
¡Ay! No me conmueven las grandes y raras catástrofes del mundo, ni las
inundaciones que arrasan vuestros pueblos, ni los terremotos que se
tragan vuestras ciudades; asola mi corazón esa fuerza devoradora que
yace oculta en el universo de la naturaleza; que no ha creado nada que
no se autodestruya ni destruya a su vecino y a sí mismo. Y así, camino
tambaleándome, angustiado. Cielo y tierra y sus fuerzas creadoras me
rodean; no veo más que un monstruo eternamente devorando, eternamente
rumiando.


21 de agosto de 1771

Es una desgracia, Wilhelm; mis facultades activas se han
destemplado en una inquieta laxitud, no puedo estar ocioso y tampoco
puedo emprender nada. Ya no tengo imaginación, la naturaleza me deja
insensible, y los libros me hastían. Todo nos falta cuando nos faltamos
a nosotros mismos. Te juro que muchas veces quisiera ser un jornalero
para tener al despertarme por las mañanas una visión global del día, un
impulso, una esperanza. (...), me viene a la memoria la fábula del
caballo que cansado de su libertad se dejó ensillar y poner riendas,
siendo además montado, para su vergüenza... Yo no se´qué voy a hacer...
Y...¡querido amigo!, ¿no será tal vez la nostalgia de mudar de
situación, esa impaciencia íntima y enojosa que me persigue por todas
partes?




WERTHER

WOLFGANG VON GOETHE
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Antiguo 04-12-2005, 20:17:37   #58 (permalink)
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Erudito e irrepetible Wolfgang. Un poco de ironía británica:

Afirmo que, partiendo de estas premisas, el más virtuoso de los hombres tiene derecho a convertir el fuego en un placer y a pitarlo, como haría con cualquier representación que despertase las expectativas del público para luego defraudarlas. Citemos a otra gran autoridad, veamos lo que dice el Estagirita. Aristóteles (creo que en el Libro Quinto de su Metafísica) describe lo que él llama [...] el ladrón perfecto; y por su parte, el señor Howship, en su obra sobre la Indigestión, no tiene escrúpulos en hablar con admiración de cierta úlcera que había visto y que califica de "una hermosa úlcera". ¿Pretenderá alguien que, considerando las cosas en abstracto, Aristóteles pudiera pensar en un ladrón como en un personaje perfecto o el señor Howship enamorarse de una úlcera? Aristóteles, como es sabido, fue persona tan sumamente moral, que, no contento con escribir su Ética a Nicómaco en un volumen en octavo, escribió también otro sistema, titualdo Magna Moralia o Gran Ética. Es del todo imposible que un hombre que redacta éticas, grandes o pequeñas, admire a un ladrón per se; em cuanto al señor Howship, nadie ignora que está en guerra con las úlceras y, sin dejarse seducir por sus encantos, hace lo posible por desterrarlas del condado de Middlesex. Pero no es menos cierto que, por más reprobables que sean per se, tanto un ladrón como una úlcera pueden tener infinitos grados de mérito en relación con otros individuos de su misma clase. Ambos son, en verdad, imperfecciones, pero como su esencia es ser imperfectos, la grandeza misma de su imperfección se vuelve una perfección. Spartam nactus est, hanc exorna. Un ladrón como Autólico o el una vez famoso George Barrington, y una tremenda úlcera fagedénica soberbiamente definida, con cada una de sus fases naturales bien marcadas, pueden considerarse tan ideales en su clase como la más impecable rosa de musgo entre las flores, en su progreso desde el botón hasta la "pura, encendida rosa", o la más bella muchacha, adornada con todas las galas de la feminidad, entre las flores humanas. Y así no sólo es imposible imaginar el tintero ideal, como lo demostró el Sr. Coleridge en su celebrada correspondencia con el señor Blackwood -lo cual, por lo demás, no creo tan extraordinario, pues un tintero es un objeto laudable y un componente valioso de la sociedad-, sino que hasta la imperfección misma puede tener su estado ideal o perfecto.
Les presento mis disculpas, señores, por hablar tanto y tan seguido de filosofía; permítanme ahora aplicar lo que he dicho. Cuando un asesinato se encuentre en el tiempo futuro imperfecto -o sea, que no se ha cometido ni se está cometiendo sino que aún ha de cometerse- y tengamos noticia de ello, tratémoslo moralmente. Supongamos, en cambio, que ya se ha cometido y podemos decir de él que está consumado, o (en durísimo moloso de Medea) está hecho, es un fait accompli; supongamos que la pobre víctima ha dejado de sufrir y que el miserable asesino ha desaparecido como si se lo hubiese tragado la tierra; supongamos, en fin, que hemos hecho todo lo que estaba a nuestro alcance, estirando la pierna para poner una zancadilla al criminal en su huida, aunque sin éxito -"abiit, evasit, excessit, erupit", etc.-; suponiendo todo esto me permito preguntar: ¿de qué sirve aún más virtud? Ya hemos dado lo suficiente a la moralidad: ha llegado la hora del buen gusto y de las bellas artes. No hay duda de que el caso fue triste, tristísimo, pero no tiene remedio. Hagamos lo que esté a nuestro alcance con lo que nos queda entre manos, y, si es imposible sacar nada limpio para fines morales, tratemos el caso estéticamente y veamos si con ello conseguimos algo. Tal es la lógica del hombre sensato. ¿Cuál es el resultado? Pues que secamos nuestras lágrimas y quizá tengamos la satisfacción de descubrir que unos hechos lamentables y sin defensa posible desde el punto de vista moral resultan una composición de mucho mérito al ser juzgados con arreglo a los principios del buen gusto. Así queda contento todo el mundo; se confirma el viejo refrán de que no hay mal que por bien no venga, el aficionado comienza a levantar cabeza cuando ya empezaba a cobrar un aire bilioso y alicído por su excesiva atención a la virtud, y prevalece la hilaridad general. La virtud ha tenido su momento y en adelante la Virtú, tan parecida que difiere en una sola letra (por la cual no vale la pena pelearse), la Virtú, digo, y el Juicio Crítico tienen licencia para valerse por sí mismos. Este principio, señores, será el que oriente nuestros estudios, desde Caín hasta el Sr. Thurtell. Visitemos cogidos de la mano la gran galería del asesinato, poseídos de deliciosa admiración, mientras trato de señalar a ustedes los objetos en que la crítica se ejercita con provecho.

Thomas De Quincey, Del asesinato considerado como una de las bellas artes.
Ramon Llull se la estará cascando   Responder Con Cita
Antiguo 04-12-2005, 20:53:56   #59 (permalink)
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Les dejo un fragmento interesantísimo de Rayuela (Cortázar):

"Este hombre se mueve en las frecuencias más bajas y las más altas, desdeñando deliberadamente las intermedias, es decir la zona corriente de la aglomeración espiritual humana. Incapaz de liquidar la circunstancia, trata de darle la espalda; inepto para sumarse a quienes luchan por liquidarla, pues cree que esa liquidación será una mera sustitución por otra igualmente parcial e intolerable, se aleja encogiéndose de hombros. Para sus amigos, el hecho de que encuentre su contento en lo nimio, en lo pueril, en un pedazo de piolín o en un solo de Stan Getz, indica un lamentable empobrecimiento; no saben que también está el otro extremo, los arrimos a una suma que se rehúsa y se va ahilando y escondiendo, pero que la cacería no tiene fin y que no acabará ni siquiera con la muerte de ese hombre, porque su muerte no será la muerte de la zona intermedia, de las frecuencias que se escuchan con los oídos que escuchan la marcha fúnebre de Sigfrido."
(...)
"En un plano de hechos cotidianos, la actitud de mi inconformista se traduce por su rechazo de todo lo que huele a idea recibida, a tradición, a estructura gregaria basada en el miedo y en las ventajas falsamente recíprocas. Podría ser Robinsón sin mayor esfuerzo. No es misántropo, pero sólo acepta de hombres y mujeres la parte que no ha sido plastificada por la superestructura social; él mismo tiene medio cuerpo metido en el molde y lo sabe, pero ese saber es activo y no la resignación del que marca el paso. Con su mano libre se abofetea la cara la mayor parte del día, y en los momentos libres abofetea la de los demás, que se lo retribuyen por triplicado. Ocupa así su tiempo con líos monstruosos que abarcan amantes, amigos, acreedores y funcionarios, y en los pocos ratos que le quedan libres hace de su libertad un uso que asombra a los demás y que acaba siempre en pequeñas catástrofes irrisorias, a la medida de él y de sus ambiciones realizables; otra libertad más secreta y evasiva lo trabaja, pero solamente él (y eso apenas) podría dar cuenta de sus juegos."

Me identifico plenamente con esto.
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Antiguo 04-12-2005, 21:11:41   #60 (permalink)
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Les dejo otro texto terrorífico (con bastantes puntos en común con La Náusea de Sartre):

En Sartor Resartus, Carlyle ha dejado lo que el doctor James Halliday denomina “una asombrosa descripción de un estado mental psicótico, en gran parte depresivo, pero en parte también esquizofrénico”.

“Los hombres y mujeres a mi alrededor –escribe Carlyle-, hasta cuando me hablaban, eran únicamente Figuras; yo había olvidado prácticamente que estaban vivos, que no eran meros autómatas. En medio de sus atestadas calles y reuniones, yo iba solitario y me sentía feroz –aunque era mi propio corazón, no el de otro, lo que estaba devorando- como el tigre en la selva... Para mí, el Universo carecía de Vida, de Propósito, de Volición y hasta de Hostilidad; era una enorme, inconmensurable y muerta máquina de Vapor, girando con la indiferencia de lo muerto para triturarme miembro a miembro... Sin esperanza, no tenía ningún miedo definido, ni del Hombre ni del Diablo. Y sin embargo, de modo extraño, vivía en temor continuo, indefinido y agotador; era un hombre trémulo, pusilánime, temeroso de no sé qué; me parecía que todas las cosas, las de arriba, en el Cielo, y las de abajo, en la Tierra, iban a hacerme daño; como si el Cielo y la Tierra fueran las ilimitadas mandíbulas de un Monstruo devorador, mientras yo, palpitante, permanecía a la espera de ser devorado”.

Renée y el idólatra de los héroes están evidentemente describiendo la misma experiencia. Los dos perciben la Infinitud, pero en la forma del “Sistema”, de la “inconmensurable Máquina de Vapor”. Para los dos también, todo es significativo, de modo que todo suceso carece totalmente de sentido, todo objeto es intensamente irreal y todo ser que se llama a sí mismo humano es un muñeco con cuerda, un muñeco que hace grotescamente sus movimientos de trabajo o juego, sus movimientos de amar, de odiar, de pensar, de ser elocuente, heroico, santo, lo que se quiera. El robot, si no sabe hacer muchas cosas, no es nada.

“Cielo e Infierno”. Aldous Huxley
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Antiguo 04-12-2005, 22:00:41   #61 (permalink)
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Aquí les dejo esta delicatessen. Al ser un fragmento, he pensado que este es el lugar más indicado, si bien está estrechamente relacionado con el hilo sobre literatura latina. Si alguna autoridad cree conveniente moverlo, adelante.


Mantuvo relaciones incestuosas con todas sus hermanas, y en pleno convite las colocaba una a una, por turno, en la parte inferior de su asiento, mientras que su mujer se sentaba en la superior. De ellas se cree que cuando todavía vestía la pretexta, violó a Drusila, que era virgen, y que fue sorprendido en cierta ocasión acostado con ella por su abuela Antonia, en cuya casa se criaban juntos; más tarde se la arrebató al ex cónsul Lucio Casio Longino, estando ya casada con él, y la trató públicamente como si fuera su mujer legítima; y, hallándose enfermo, la declaró también heredera de sus bienes y del imperio. Cuando ella murió decretó un período de luto público, durante el cual se consideró delito de pena capital haberse reído, haberse bañado y haber cenado con los padres o la mujer o los hijos. [...]
No fue más respetuoso ni benigno con los senadores. A algunos que habían ejercido los más altos cargos les permitió correr vestidos con la toga junto a su carro, a lo largo de varias millas, y permanecer de pie mientras cenaba, ya junto a su diván, ya a sus pies, con un lienzo a la cintura; a otros, aunque los había eliminado en secreto, siguió no obstante convocándolos como si aún vivieran, fingiendo pocos días después que se habían suicidado voluntariamente. Desposeyó de la magistratura a los cónsules por haberse olvidado de anunciar su natalicio, y el Estado estuvo tres días privado de la más alta potestad. A su cuestor, le mandó azotar despojándole del vestido y extendiéndolo bajo los pies de los soldados, para que se apoyaran con más fuerza al azotarle.
Con similar arrogancia y violencia trató a todos los demás órdenes. Sobresaltado por la algarabía de los que ocupaban las localidades gratuitas en el circo desde la media noche, hizo desalojarlos a todos a palos; y durante aquel tumulto fueron aplastados más de veinte caballeros romanos, otras tantas matronas y una muchedumbre innumerable de gente. [...] En los combates gladiatorios, haciendo quitar a veces los toldos bajo un sol abrasador, prohibía que se dejara salir a nadie, y suprimiendo las competiciones habituales, presentaba fieras escuálidas, gladiadores vulgarísimos y consumidos por la vejez y, en lugar de simples esgrimidores, padres de familia honorables, pero distinguidos por alguna deformidad física. [...]
Obligaba a los padres a presenciar el suplicio de sus hijos: a uno de ellos que se excusaba por su poca salud le envió una litera, y a otro, después de haber presenciado la ejecución, lo invitó al instante a un banquete y lo incitó con toda cortesía a que riera y bromeara. Durante varios días seguidos hizo azotar en su presencia con cadenas a un intendente de juegos gladiatorios y de cacerías, pero no lo mató hasta que se sintió molesto por el hedor de su cerebro putrefacto. Quemó a un poeta de atelanas en medio de la arena del anfiteatro por un verso de doble sentido. Arrojó a un caballero romano a las fieras y, al ver que se había proclamado inocente, ordenó sacarlo del anfiteatro y, tras cortarle la lengua, hizo arrojarlo de nuevo. [...]
Mostraba la misma crueldad en sus actos y palabras cuando relajaba su espíritu y se entregaba al juego y los banquetes. Muchas veces, mientras almorzaba o celebraba la orgía, se hacían en su presencia graves interrogatorios acompañados de torturas, y un soldado, especializado en el arte de degollar, cortaba la cabeza a todos los presos que le llevaban de la cárcel. [...] En Roma, durante un banquete público, porque había sido sustraída una lámina de plata de unos lechos por un esclavo, lo entregó enseguida al verdugo para que fuera conducido por los corros de los comensales con las manos cortadas y colgadas al cuello por delante del pecho, precedido de un cartel que indicara el motivo del castigo. [...] Entre sus múltiples bromas, colocándose un día junto a la estatua de Júpiter, preguntó al actor trágico Apeles quién de los dos le parecía mayor y, al ver que dudaba en responder, lo desgarró a latigazos alabando a menudo la voz con que le suplicaba como una voz dulcísima incluso entre sus gemidos. Siempre que besaba el cuello de su esposa o de alguna amante añadía: "una cabeza tan bella será arrancada en cuanto lo ordene". [...]
Pensó incluso destruir los poemas de Homero, preguntando "por qué rzón no podia hacer él lo que había hecho Platón, que expulsó a aquél de la ciudad que ideaba". Pero faltó poco también para que retirara los escritos y las imágenes de Virgilio y Tito Livio de todas las bibliotecas, pues censuraba al primero como un poeta falto de talento y de muy poca erudición, y al segundo como un historiador prolijo y descuidado en la narración. [...]
Sobrepasó las fantasías de todos los manirrotos con los derroches de su prodigalidad, ideando los tipos de baños y cenas más extraños, hasta el punto de que se lavaba con ungüentos calientes y fríos, sorbía perlas costosísimas disueltas en vinagre y servía a sus convidados panes y alimentos de oro, repitiendo "que convenía que el homnre fuera frugal o César". Más aún, durante varios días arrojó a la plebe incluso monedas de gran valor desde lo alto de la basílica Juila. [...] Y, para no exponer todas las cosas detalladamente, [recordaré que] en el transcurso de un año incompleto dilapidó inmensas riquezas y todo el tesoro de Tiberio César, valorado en dos mil setencientos millones de sestercions.
Así pues, al verse arruinado y sin recursos, se entregó a la rapiña recurriendo a un variado y refinadísimo catálogo de trampas legales, subastas e impuestos. [...]

Suetonio, Vidas de los Césares, IV.
Ramon Llull se la estará cascando   Responder Con Cita
Antiguo 04-12-2005, 22:08:11   #62 (permalink)
Jacques de Molay
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Divino Gayo César!
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Antiguo 05-12-2005, 23:32:14   #63 (permalink)
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JEWEL

Es porque está todo el tiempo ahí fuera, justo debajo de la ventana, martilleando y serrando esa maldita caja. Donde ella tiene que verle por fuerza. Donde cada bocanada de aire que ella aspira está llena de sus martillazos y aserraduras. Donde ella puede ver cómo le dice: Mira. Mira la estupenda caja que te estoy haciendo. Le dije que se fuera a otra parte. Le dije: Santo Dios, ¿es que ya quieres verla dentro? Es como cuando era niño y ella dijo que si tuviera un poco de abono cultivaría algunas flores, y él se llevó la cazuela del pan y la trajo llena de estiércol de la cuadra.
Y ahora todas ésas ahí sentadas, como buitres. Esperando, abanicándose. Porque yo digo que por qué no puede dejar de serrar y clavar clavos ni un momento, no dejando dormir como es debido a nadie y haciendo que tenga que tener las manos fuera de la colcha como dos raíces de esas que cuando las sacas y quieres lavarlas nunca consigues que queden del todo limpias. Veo el abanico y el brazo de Dewey Dell. Digo que por qué no la dejan en paz. Serrando y martillando todo el santo día, y dándole el aire en la cara tan rápido que cuando está cansada casi no puede ni respirarlo, y esa maldita azuela todo el rato "ya queda menos"... Ya queda menos. Ya queda menos, hasta que todo el mundo que pase por el camino tenga que pararse a mirarla y decir lo buen carpintero que es Cash. Si de mí hubiera dependido cuando Cash se cayó de aquella iglesia, si de mí hubiera dependido cuando padre tuvo que guardar cama al caerle encima aquella carga de leña..., hoy no estarían viniendo todos y cada uno de los bastardos del condado a mirarla fijamente como la miran, porque si hay Dios ¿para qué diablos sirve? Estaríamos ella y yo solos en lo alto de una colina, y haría rodar rocas y rocas hacia sus caras, y las levantaría y las lanzaría contra caras y dientes y demás, por Dios bendito, hasta que ella pudiera estar tranquila sin que esa maldita azuela estuviera todo el tiempo repitiendo Ya queda menos. Ya queda menos..., y al fin podríamos estar tranquilos.

William Faulkner; Mientras agonizo.
Ramon Llull se la estará cascando   Responder Con Cita
Antiguo 06-12-2005, 21:09:25   #64 (permalink)
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LAS ARTES Y LOS OFICIOS

Hay una actividad común a todos, hombres y mujeres, de la que nadie queda exento: la agricultura. Forma parte de la educación del niño desde su infancia. Todos aprenden sus primeras nociones en la escuela. Y también en la salidas que hacen a los campos cercanos a la ciudad. Aquí son entrenados, no sólo observando los trabajos que se realizan, sino trabajando ellos mismos, lo que les proporciona un buen ejercicio físico.

Además de la agricultura, que, como acabo de decir, es una actividad común a todos, cada uno es iniciado en un oficio o profesión como algo personal. Los oficios más comunes son el tratamiento de la lana, la manipulación del lino, la albañilería, los trabajos de herrería y carpintería. Aparte estos oficios, no hay otros que merezca la pena mencionar, ya que los practican pocos.

Los vestidos tienen la misma forma para todos los habitantes de la isla. Están cortados sobre un mismo patrón, que no cambia nunca. Las únicas diferencias son las que distinguen al hombre de la mujer, al célibe del casado. El corte no deja de ser elegante y facilita los movimientos del cuerpo, al mismo tiempo que inmuniza contra el frío y contra el calor. Cada familia confecciona sus propios vestidos.

Todos, hombres y mujeres, sin excepción, han de aprender uno de los oficios arriba señalados. Las mujeres, sin embargo, por su constitución más débil, se dedican a trabajos menos duros, ya que trabajan casi exclusivamente la lana y el lino. A los hombres, en cambio, se les confía actividades más penosas.

En general, casi todos los niños son educados en la profesión de sus padres. Es algo que llevan en la misma sangre. Pero si alguien se siente atraído hacia otro oficio, es encomendado a otra familia. En tal caso, tanto su padre como el magistrado se cuidan de que sea puesto al servicio de un jefe de familia serio y honesto. Del mismo modo, si alguien especializado en un oficio, quiere aprender otro, se le permite hacerlo en idénticas condiciones. Una vez conseguidos los dos, puede ejercer el que más le agrade, a condición, sin embargo, de que la ciudad no necesite más de uno de ellos.

La principal, por no decir única, misión de los sifograntes, es velar para que nadie se entregue a la ociosidad y a la pereza. Han de procurar que todos se apliquen de una forma asidua a su trabajo. Pero sin, por ello, fatigarse sin resuello, como una bestia de carga desde que amanece hasta que anochece. Esta vida embrutecedora para el espíritu y para el cuerpo, es peor que la tortura y la esclavitud; y sin embargo esta es la condición de los trabajadores en todas partes, ¡excepto entre los utopianos!

Estos dividen en veinticuatro horas iguales el día, incluyendo también la noche. De ellas solamente dedican al trabajo seis horas, distribuidas así: Tres horas, antes del mediodía, y a continuación almuerzan. Terminado el almuerzo dedican dos horas al descanso o siesta. A continuación trabajan otras tres horas, para terminar con la cena. Como quiera que la primera hora se cuenta a partir de mediodía, son las ocho cuando van a la cama. Al sueño se reservan otras ocho horas.

El tiempo que les queda entre el trabajo, la comida y el descanso se deja al libre arbitrio de cada uno. Se busca que cada uno, lejos de perder el tiempo en la molicie y ociosidad, se distraiga, en un hobby, al margen de sus ocupaciones habituales.

La mayor parte consagra estas horas de tiempo libre al estudio. Antes de salir el sol se organizan todos los días cursos públicos. Sólo están obligados a asistir a ellos los que han sido elegidos personalmente para estudiar. Pero hay que reconocer que un gran número, tanto de hombres como de mujeres de todas condiciones, se agolpan en el lugar de los cursos para escuchar sus lecciones, unos a unas, otros a otras según sus preferencias. Por otra parte, si alguno prefiere dedicar este tiempo libre a los trabajos de su oficio, nadie se lo impide. Sabido es que hay un buen número de personas a las que no atrae la alta especulación y lejos de criticarles por ello, se les felicita por el servicio que prestan a la comunidad.

Después de cenar pasan una hora de recreo, durante el verano en el jardín, y en las salas de los comedores públicos durante el invierno. Allí se entregan a la música o se entretienen charlando. Los juegos de azar, como los dados, cartas, tan impropios y nefastos ni siquiera los conocen. No obstante, sí practican dos juegos que se parecen bastante al ajedrez: uno es un combate de números, en el que unos números atrapan a otros. En el segundo, virtudes y vicios entablan una cerrada batalla. Este último juego muestra a las claras la anarquía de los vicios entre sí, y su perfecto acuerdo cuando se trata de luchar contra las virtudes. Hace ver, además, cuáles son los vicios opuestos a determinadas virtudes, qué armas despliegan los vicios cuando atacan por el flanco, qué tropas lanzan a la lucha abierta, y qué posición defensiva permite a las virtudes contener a los ejércitos del vicio, y con qué artimañas burlan sus ataques. Finalmente, hacen ver cuáles son los medios que permiten a uno y otro campo asegurar la victoria.

Pero, en este momento, quiero salir al encuentro de un posible engaño. Quizás se diga: ¿Son suficientes seis horas de trabajo para proporcionar a la población los alimentos de primera necesidad? Ese tiempo no sólo es suficiente sino que sobra para producir no sólo los bienes necesarios, sino también los superfluos. Lo comprenderás enseguida conmigo, si observas atentamente el gran número de gente ociosa que hay en otras naciones. En primer lugar, casi todas las mujeres -que es la mitad de la población- y la mayor parte de los hombres, cuando las mujeres trabajan, roncan a sus anchas durante todo el día.

Has de añadir esa turba ociosa de curas y de los llamados «religiosos». Poned además todos los ricos, sobre todo los terratenientes a los que vulgarmente llaman «señores» y «nobles». Incluid en este número a la servidumbre, esa chusma de bergantes con librea. Y finalmente, ese ejército de mendigos, robustos y sanos, que esconden su pereza tras una enfermedad fingida. Te darás cuenta entonces que hay muchas menos personas de las que piensas, que con su trabajo producen todos los bienes que consumen los mortales.

Ten en cuenta también el pequeño número de los que se dedican a oficios necesarios. Y es natural que así sea: en un mundo en que todo lo medirnos por el dinero, se. ejercen muchas actividades completamente vanas y superfluas, al servicio exclusivo del lujo y del despilfarro. Pero supongamos que la masa de trabajadores actuales se repartiera entre los pocos oficios que producen los igualmente poco numerosos bienes necesarios para una vida sana y cómoda. ¿Qué pasaría, entonces? Pues que habría tal abundancia de bienes que los precios bajarían hasta tal punto que los mismos obreros no podrían sustentar su vida. Supongamos ahora que todos esos que se dedican a las artes improductivas y que esa turba de vagos que languidece en la ociosidad y en la pereza -y que dicho sea de paso, uno de ellos consume más del fruto del trabajo de otros que dos obreros que trabajan- se ponen a trabajar en actividades útiles. ¿Qué sucedería? Comprenderíamos fácilmente que para producir lo que exigen la necesidad, la comodidad e incluso el placer -un placer verdadero y natural, se entiende- habría tiempo suficiente, e incluso sobraría.

Pues esto es lo que los hechos demuestran en Utopía. Allí, en toda la ciudad y sus alrededores difícilmente podremos encontrar quinientas personas en edad y en condiciones de trabajar -hombres y mujeres- exentas del trabajo. Entre ellas se cuentan los sifograntes. Y sin embargo, estos magistrados, aunque exentos oficialmente de trabajos manuales, siguen trabajando como los demás ciudadanos, a fin de estimular con su ejemplo a los demás.

De este mismo privilegio de exención gozan los destinados al estudio de las ciencias y de las letras. El pueblo, asesorado por la recomendación de los sacerdotes y por los votos secretos de los sifograntes les otorga vacación perpetua. Si alguno de los elegidos defrauda las esperanzas del pueblo, es devuelto a la clase trabajadora. Pero, sucede con frecuencia, que si un obrero en sus horas libres llega a adquirir por su constancia y diligencia un dominio notable de las letras, se le libera del trabajo mecánico y se le admite en la clase intelectual.

De esta clase intelectual se eligen los embajadores, los sacerdotes, los traniboros. Y finalmente, al principc mismo, a quien en su lengua primitiva llaman Barzanes, y hoy día «Ademos». El resto de la población, siempre activa y dedicada a actividades útiles produce en pocas horas de trabajo los bienes que necesita y de los que ya he hablado.

Añadamos a lo dicho otro factor económico: la dedicación a los oficios esenciales les permite realizar el trabajo con menos esfuerzo que los demás pueblos. La edificación o restauración de los edificios, por ejemplo, que tanto trabajo y tantos obreros cuesta, se debe a que el inmueble que el padre levantó, un heredero negligente lo deja caer poco a poco. Lógicamente, un edificio que se podría mantener con poco dinero, habrá de ser restaurado por el sucesor con grandes costos. Sucede incluso, y con frecuencia, que una casa levantada con fuertes desembolsos por una determinada persona, viene a manos de un hijo caprichoso. Este la abandona, no la repara y la deja caer, para construir luego otra más lujosa en otro lugar.

En Utopía, por el contrario, donde todo está tan previsto, y la comunidad tan organizada, no se destinan nuevas áreas a edificar casas. No se contentan con reparar las ya existentes, sino que se pone remedio a las que amenazan ruina. Esto hace que con poco trabajo los edificios duren muchísimo. Tampoco los obreros de este gremio tienen gran cosa que hacer. La mayor parte del tiempo la pasan en sus casas preparando el material y tallando y ajustando las piedras, por si surgiera alguna obra levantarla cuanto antes.

Fíjate ahora en la poca mano de obra que los utopianos necesitan para vestirse. Primeramente, el vestido de trabajo es de cuero o de piel, y puede durar hasta siete años. Para vestir en sociedad cubren estos vestidos más toscos con una clámide o manto. Su color es el natural de la tela, y es el mismo para toda la isla. De esta suerte emplean menos cantidad de paño que en otras partes y, lógicamente, es más barato. En cuanto al lino, exige todavía menos trabajo, por lo que su uso es más frecuente. Del lino sólo se aprecia la blancura radiante de la tela, y la limpieza en la lana, sin hacer caso alguno de la finura del hilo. De ordinario, pues, cada uno se contenta con un solo vestido y le dura generalmente dos años. En otras partes, sin embargo, cada uno necesita cuatro o cinco vestidos de lana de diferentes colores y otras tantas camisas de seda, y a los más delicados no les basta con diez. Los utopianos no encuentran razón alguna para desear más. No estarían mejor defendidos contra el frío, ni, por otra parte, irían un pelo más elegantemente vestidos.

En conclusión: Todos en Utopía trabajan en actividades útiles, que requieren poco trabajo. No debe extrañar, pues, que ante la abundancia de todas las cosas necesarias, se envía de tiempo en tiempo a gran número de trabajadores a reparar las vías públicas que pudieran estar deterioradas. Con frecuencia, incluso, si la necesidad de estos trabajos de reparación no se hace sentir, se anuncia oficialmente la disminución de las horas de trabajo. No se debe pensar que los magistrados impongan a los ciudadanos contra su voluntad horas extras de trabajo.

Las instituciones de esta república no buscan más que un fin esencial: rescatar el mayor tiempo posible en la medida que las necesidades públicas y la liberación del propio cuerpo lo permiten, a fin de que todos los ciudadanos tengan garantizados su libertad anterior y el cultivo de su espíritu. En esto consiste, en efecto, según ellos, la verdadera felicidad.


Thomas More; Utopía, II, IV.
Ramon Llull se la estará cascando   Responder Con Cita
Antiguo 07-12-2005, 00:05:58   #65 (permalink)
Frikazo
 
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Este siempre me ha gustado:

-Señor, no hay lugar en el mundo donde no se conozca tu nombre.

- Me dicen que es así.

- Y tienes fama de ser el caballero perfecto.

- He procurado que así sea.

- Estás solo en tu perfección.

- Hasta que venga uno mejor. Cualquiera puede intentarlo. Pero esas son afirmaciones u opiniones ¿cual es la pregunta?

- ¿Es suficiente?

-¿Que?

- ¿Te basta con eso?

Un negro furor estremeció a sir Lanzarote, y sus labios, con una mueca, mostraron los dientes. La mano derecha se conroscó en la empuñadura de la espada como una serpiente, y la mitad de la hoja de plata asomó de la vaina. Lyonel sintió en las mejillas las caricias del viento de la muerte.

Luego presenció en un solo hombre un combate tan feroz como el que jamás habían entablado dos caballeros, vió las estocadas y las heridas y un corazón perforado de un tajo. Y también presenció la victoria, la muerte del furor y el mórbido triunfo de Lanzarote, los ojos perlados de sudor y de fiebre entrecerrados como los de un halcón, el brazo derecho que se arropaba en el manto mientras la hoja se deslizaba en su funda.

-Aquí termina el bosque -dijo Lanzarote-. He oido comentar que el bosque se detiene donde empieza el suelo de pizarra. Qué dorado se ve el sol sobre la hierba dorada. No lejos de aquí, sobre una ladera, se encuentra la figura de un gigante que blande una maza. Y sé que en otro lugar hay un monstruoso caballo blanco. Y nadie sabe quién o cuándo los hizo.

- Señor... -comenzó sir Lyonel.

Y el caballero más grande de todo el mundo se volvió a él con una sonrisa.

- Diles que tenía sueño -dijo Lanzarote-. Diles que tenía más sueño del que nunca tuve en siete años. Y di a tus jovenes amigos que buscaba un poco de sombra para ampararme del sol.

- A mi derecha, señor, veo un manzano.

- Así es. Vayamos hacia él, pues me pesan los párpados.

Y Lyonel supo de la dureza de la batalla y de la fatiga de la victoria, cuyo único trofeo fue el sueño.

Lanzarote se tendió en la hierba, debajo del manzano, usando su yelmo por almohada y se sumió en la más tenebrosa de las cavernas del olvido. Sir Lyonel se sentó al lado de su tio y supo que había presenciado una grandeza que trascendía la razón, un coraje que volvía pusilánimes las palabras, y una paz que no se conquistaba sin padecimientos. Y Lyonel se sintió bajo y mezquino y traicionero como una mosca de muladar mientras Lanzarote dormía como una imagen de alabastro.

Al velar junto al caballero durmiente, sir Lyonel pensó en la interminable cháchara de los jóvenes que se reunían para celebrar la muerte sin haber vivido, en las críticas a los combatientes hechas por quienes jamás habían empuñado una espada, en los perdedores que nada habían apostado. Recordó que, según decían, el caballero dormido era demasiado estúpido para saber que era ridículo, demasiado ingenuo para ver la vida que lo rodeaba, convencido de la perfectibilidad en medio de un cúmulo de maldades, romántico y sentimental en un mundo donde la realidad es dueña y señora, un anaconismo antes de la creación. Y en sus oídos retumbaron las burlonas palabras del fracaso, la flaqueza y la mezquindad engreídas, proclamando con una cobardía disfrazada de prudencia, que la fortaleza y la generosidad eran ilusorias.

Sir Lyonel supo que este caballero dormido acometería su derrota sin angustias ni vacilaciones, y que al final aceptaría la muerte con gracia y cortesía, como si se tratara de un galardón. Y de pronto supo sir Lyonel por qué Lanzarote galoparía por los siglos con la lanza en ristre, entrelazando con ella, como a vibrantes anillos, los corazones de los hombres. Tomó partido por Lanzarote. Ahuyentó una mosca del rostro del caballero.

John Steinbeck: Los hechos del Rey Arturo y sus nobles caballeros

Perdón si es largo, pero cortarlo me parecía una mutilación.
__________________
¡LAS CABEZAS ALTAS!
¡LA METRALLA NO ES MIERDA!
vadertxu se la estará cascando   Responder Con Cita
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Antiguo 07-12-2005, 00:55:54   #66 (permalink)
Jacques de Molay
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Trafalgar - Benito Pérez Galdós.


"Por primera vez entonces percibí con completa claridad la idea de la patria, y mi corazón respondió a ella con espontáneos sentimientos, nuevos hasta aquel momento en mi alma. Hasta entonces la patria se me representaba en las personas que gobernaban la nación, tales como el Rey y su célebre Ministro, a quienes no consideraba con igual respeto. Como yo no sabía más historia que la que aprendí en la Caleta, para mí era de ley que debía uno entusiasmarse al oír que los españoles habían matado muchos moros primero, y gran pacotilla de ingleses y franceses después.

Me representaba, pues, a mi país como muy valiente; pero el valor que yo concebía era tan parecido a la barbarie como un huevo a otro huevo. Con tales pensamientos, el patriotismo no era para mí más que el orgullo de pertenecer a aquella casta de matadores de moros.

Pero en el momento que precedió al combate, comprendí todo lo que aquella divina palabra significaba, y la idea de nacionalidad se abrió paso en mi espíritu, iluminándole, y descubriendo infinitas maravillas, como el sol que disipa la noche, y saca de la oscuridad un hermoso paisaje. Me representé a mi país como una inmensa tierra poblada de gentes, todos fraternalmente unidos; me representé la sociedad dividida en familias, en las cuales había esposas que mantener, hijos que educar, hacienda que conservar, honra que defender; me hice cargo de un pacto establecido entre tantos seres para ayudarse y sostenerse contra un ataque de fuera, y comprendí que por todos habían sido hechos aquellos barcos para defender la patria, es decir el terreno en que ponían sus plantas, el surco regado con su sudor, la casa donde vivían sus ancianos padres, el huerto donde jugaban sus hijos, la colonia descubierta y conquistada por sus ascendientes, el puerto donde amarraban su embarcación fatigada del largo viaje, el almacén donde depositaban sus riquezas; la iglesia, el sarcófago de sus mayores, habitáculo de sus santos y arca de sus creencias; la plaza, registro de sus alegres pasatiempos; el hogar doméstico, cuyos antiguos muebles, transmitidos de generación en generación, parecen el símbolo de la perpetuidad de las naciones; la cocina, en cuyas pareces ahumadas parece que no se extingue nunca el eco de los cuentos con que las abuelas amansan la travesura e inquietud de los nietos; la calle, donde se ven desfilar caras amigas; el campo, el mar, el cielo; todo couanto desde el nacer se asocia a nuestra existencia, desde el pesebre de un animal querido hasta el trono de reyes patriarcales; todos los objetos en que vive prolongándose nuestra alma, como si el propio cuerpo no le bastara.

Yo creía también que las cuestiones que España tenía con Francia o con Inglaterra eran siempre porque alguna de estas naciones quería quitarnos algo, en lo cual no iba del todo descaminado. Parecíame, por tanto, tan legítima la defensa como brutal la agresión; y, como había oído decir que la justicia triunfaba siempre, no dudaba de la victoria. Mirando nuestras banderas rojas y amarillas, los colores combinados que mejor representan al fuego, sentí que mi pecho se encsanchaba; no pude contener algunas lágrimas de entusiasmo; me acordé de Cádiz, de Vejer; me acordé de todos los españoles, a quienes consideraba asomados a una gran azotea, contemplándonos con asiedad; y todas estas ideas y sensaciones llevaron finalmente mi espíritu hasta Dios, a quien dirigí una oración que no era padrenuestro ni avemaría, sino algo nuevo que a mí se me ocurrió entonces. Un repentino estruendo me sacó de mi arrobamiento, haciéndome estremecer con violentísima sacudida. Había sonado el primer cañonazo."


Lo puse no hace mucho en el foro talante, pero éste también es su lugar.
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Antiguo 07-12-2005, 15:20:32   #67 (permalink)
Clásico
 
Fecha de registro: Sep 2005
Ubicación: Abraxas
Masunos: 712
Predeterminado

¿Qué es el alma?

Uno de los rasgos más dolorosos de los recientes avances de la ciencia es que cada uno de ellos nos hace saber menos de lo que creíamos saber. Cuando yo era joven, todos sabíamos, o creíamos saber, que un hombre consta de un alma y un