Antiguo 30-05-2009, 23:25:43   #226 (permalink)
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Coge a cualquiera que se lamente porque la vida le ha pasado de largo, y tendrás un cien por cien de probabilidades de que sea por sus propios problemas emocionales.

Vía Revolucionaria, Richard Yates
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Benito dijo: Ver Mensaje
Ni a los arboles les queda bonito el verde, no jodas hombre.

EDITADO COBARDEMENTE POR Yo tt fecha: 28-09-2009 a las 17:11:29.
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Antiguo 03-06-2009, 11:29:14   #227 (permalink)
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iskariote dijo: Ver Mensaje

Del libro Asfixia (Chuck Palahniuk)
Ese libro es muy, MUY grande.


Tripas, del mismo.
Spoiler ...
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Antiguo 11-06-2009, 23:45:21   #228 (permalink)
Frikazo
 
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El Gran Inquisidor.
Spoiler ...


Maestro Dostoievski.
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EDITADO COBARDEMENTE POR NomadS0ul fecha: 11-06-2009 a las 23:52:16.
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Antiguo 04-07-2009, 16:33:27   #229 (permalink)
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Los pensamientos de Anna Bidet habían vuelto a su interior, ocultos tras las largas pestañas que velaban sus ojos rápidos e inteligentes. Durante un rato había estado abstraída, satisfecha con la compañía de su propia mente. De vez en cuando, dirigía su atención a los hombres de su alrededor y les escuchaba un momento antes de decidir que su conversación no le interesaba, por lo que volvía a abstraerse en sí misma. Jonathan posó sus ojos en ella. Su ropa, sus escasos comentarios, sus miradas ocasionales, llenas de duda o de burla, eclipsadas a continuación por una brusca caída de pestañas, todo estaba muy estudiado. Era, a la vez, dama digna y provocativa, una combinación que era propiedad exclusiva de las mujeres parisienses de cierta edad y clase.

La Sanción de Eiger, Trevanian
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Antiguo 04-07-2009, 16:41:23   #230 (permalink)
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Es como salir de una bolsa de celofán. Es como haber estado envuelto en celofán durante años sin saberlo, y de repente salir. Es un poco como lo que sentí la primera vez que fui al frente. Recuerdo que me hacía el serio y el asustado porque ésa era la manera habitual de actuar, pero yo no acababa de tragármelo. Quiero decir, claro que tenía miedo, pero no se trata de eso. Lo que yo sentía no tenía nada que ver con estar asustado o no. Me sentía lleno de sangre, más vivo que nunca. Todo parecía más real que lo real; la nieve de los campos, la carretera, los árboles, el cielo tan azul, todo señalado por estelas de vapor... Y los cascos y los gabanes y los rifles, y la forma de andar de los soldados... En cierto modo los quería, incluso a los tipos que me caían mal. Y recuerdo que era muy consciente del funcionamiento de mi cuerpo, del sonido de la respiración en mi nariz. Recuerdo que atravesamos una ciudad arrasada, todo ruinas y escombros, y que me pareció hermosa. Bueno, supongo que tenía tanto miedo como todos los demás, pero por dentro jamás me había sentido mejor. Y todo el tiempo pensaba: esto es real. Esto es verdad.

Vía Revolucionaria, Richard Yates
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Antiguo 04-07-2009, 16:51:33   #231 (permalink)
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-Seguía con la idea de que en alguna parte existía un mundo de gente maravillosa, tan alejada de mí como los del último curso cuando yo iba a sexto; gente que lo sabía todo por instinto, que conseguía hacer lo que quería sin proponérselo siquiera, que no necesitaba sacar el mejor partido posible a un empleo aburrido porque jamás se le ocurría hacer nada si no era la perfección. Gente dotada de heroísmo, gente hermosa e inteligente, serena y amable, y yo me imaginaba que cuando los encontrara sabría de repente que mi sitio estaba entre ellos, que yo era uno de ellos, que mi destino había sido siempre formar parte de ese grupo y que todo lo demás había sido un error; y que ellos también lo sabrían. Yo sería como el patito feo entre los cisnes.

Shep tenía la vista fija en su perfil, confiando en que la silenciosa fuerza de su amor la hiciera girar la cabeza y mirarle.

-Creo que conozco esa sensación -dijo.

-Lo dudo. -April no lo miró, y las pequeñas arrugas aparecieron de nuevo en torno a su boca-. Al menos, espero que no, por tu propio bien. Es algo que no desearía a nadie. Es la más estúpida y destructiva forma de autoengaño que existe, y no da más que complicaciones.


Vía Revolucionaria, Richard Yates
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Antiguo 11-07-2009, 13:38:18   #232 (permalink)
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Llegó, por fin, una mañana en que se le desprendieron a Ramiro las escamas de la vista, y purificada ésta vio claro con el corazón. Rosa no era una hermosura cual él se la había creído y antojado, sino una figura vulgar, pero con todo el más dulce encanto de la vulgaridad recogida y mansa; era como el pan de cada día, como el pan casero y cotidiano y no un raro manjar de turbadores jugos. Tenía su pobre mujer algo de planta en la silenciosa mansedumbre, en la callada tarea de beber y atesorar luz con los ojos y derramarla luego convertida en paz; tenía algo de planta en aquella fuerza velada y a la vez poderosa con que de continuo, momento tras momento, chupaba jugos de las entrañas de la vida común ordinaria y en la dulce naturalidad con que abría sus perfumadas corolas.

La Tía Tula, Miguel de Unamuno
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Antiguo 11-08-2009, 15:20:16   #233 (permalink)
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Katie Marcus. Por supuesto, ya la había visto con anterioridad, al igual que toda la gente del barrio. ¡Era tan atractiva! Sin embargo, muy poca gente la conocía en realidad. La belleza podía causar esos efectos: que la gente se asustara y que te mantuviera a distancia. No era como en las películas, en que la cámara hace que la belleza parezca algo que te invita a participar. En el mundo real, la belleza era como una valla que te dejaba fuera y que te hacía retroceder.

Mystic River, Dennis Lehane
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Antiguo 13-08-2009, 11:28:51   #234 (permalink)
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"Rayuela" es un libro bastante caótico y ladrillesco-pedantesco, pero este pasaje me impactó en su momento, y muchos años después de la primera lectura, me produce cierta fascinación. Le escribe una madre - "la Maga" - a su bebé mortalmente enfermo:


"Bebé Rocamadour, bebé, mon bebé. Rocamadour:

Rocamadour, ya sé que es como un espejo. Estás durmiendo o mirándote los pies. Yo aquí sostengo un espejo y creo que sos vos. Pero no lo creo, te escribo porque no sabes leer. Si supieras no te escribiría o te escribiría cosas importantes. Alguna vez tendré que escribirte que te portes bien o que te abrigues. Parece increíble que alguna vez, Rocamadour. Ahora solamente te escribo en el espejo, de vez en cuando tengo que secarme el dedo porque se moja de lágrimas. ¿Por qué, Rocamadour? No estoy triste, tu mamá es una pavota, se me fue al fuego el borsch que había hecho para Horacio; vos sabés quién es Horacio, Rocamadour, el señor que el domingo te llevó el conejito de terciopelo y que se aburría mucho porque vos y yo nos estábamos diciendo tantas cosas y él quería volver a París; entonces te pusiste a llorar y él te mostró como el conejito movía las orejas; en ese momento estaba hermoso, quiero decir Horacio, algún día comprenderás, Rocamadour.

Rocamadour, es idiota llorar así porque el borsch se ha ido al fuego. La pieza está llena de remolacha, Rocamadour, te divertirías si vieras los pedazos de remolacha y la crema, todo tirado por el suelo. Menos mal que cuando venga Horacio ya habré limpiado, pero primero tenía que escribirte, llorar así es tonto, las cacerolas se ponen blandas, se ven como halos en los vidrios de la ventana, y ya no se oye cantar a la chica del piso de arriba que canta todo el día 'Les amants du Havre'. Cuando estemos juntos te lo contaré, verás. Puisque la terre est ronde, mon amour t'en fais pas, mon amour, t'en fais pas... Horacio la silba de noche cuando escribe o dibuja. A ti te gustaría, Rocamadour. A vos te gustaría, Horacio se pone furioso porque me gusta hablar de tú como Perico, pero en el Uruguay es distinto. Perico es el señor que no te llevó nada el otro día pero que hablaba tanto de los niños y la alimentación. Sabe muchas cosas, un día le tendrás mucho respeto, Rocamadour, y serás un tonto si le tienes respeto. Si le tenés, si le tenés respeto, Rocamadour.

Rocamadour, madame Irène no está contenta de que seas tan lindo, tan alegre, tan llorón y gritón y meón. Ella dice que todo está muy bien y que eres un niño encantador, pero mientras habla esconde las manos en los bolsillos del delantal como hacen algunos animales malignos, Rocamadour, y eso me da miedo. Cuando se lo dije a Horacio, se reía mucho, pero no se da cuenta de que yo lo siento, y que aunque no haya ningún animal maligno que esconde las manos, yo siento, no sé lo que siento, no lo puedo explicar. Rocamadour, si en tus ojitos pudiera leer lo que te ha pasado en esos quince días, momento por momento. Me parece que voy a buscar otra nourrice aunque Horacio se ponga furioso y diga, pero a ti no te interesa lo que él dice de mí. Otra nourrice que hable menos, no importa si dice que eres malo o que lloras de noche o que no quieres comer, no importa si cuando me lo dice yo siento que no es maligna, que me está diciendo algo que no puede dañarte. Todo es tan raro, Rocamadour, por ejemplo me gusta decir tu nombre y escribirlo, cada vez me parece que te toco la punta de la nariz y que te reís, en cambio madame Irène no te llama nunca por tu nombre, dice l'enfant, fíjate, ni siquiera dice le gosse, dice l'enfant, es como si se pusiera guantes de goma para hablar, a lo mejor los tiene puestos y por eso mete las manos en los bolsillos y dice que sos tan bueno y tan bonito.

Hay una cosa que se llama tiempo, Rocamadour, es como un bicho que anda y anda. No te puedo explicar porque eres tan chico, pero quiero decir que Horacio llegará en seguida. ¿Le dejo leer mi carta para que él también te diga alguna cosa? No, yo tampoco querría que nadie leyera una carta que es solamente para mí. Un gran secreto entre los dos, Rocamadour. Ya no lloro más, estoy contenta, pero es tan difícil entender las cosas, necesito tanto tiempo para entender un poco eso que Horacio y los otros entienden en seguida, pero ellos que todo lo entienden tan bien no te pueden entender a ti y a mí, no entienden que yo no puedo tenerte conmigo, darte de comer y cambiarte los pañales, hacerte dormir o jugar, no entienden y en realidad no les importa, y a mí que tanto me importa solamente sé que no te puedo tener conmigo, que es malo para los dos, que tengo que estar sola con Horacio, vivir con Horacio, quién sabe hasta cuándo ayudándolo a buscar lo que él busca y que también buscarás, Rocamadour, porque serás un hombre y también buscarás como un gran tonto.

Es así, Rocamadour: En París somos como hongos crecemos en los pasamanos de las escaleras, en piezas oscuras donde huele a sebo, donde la gente hace todo el tiempo el amor y después fríe huevos y pone discos de Vivaldi, enciende los cigarrillos y habla como Horacio y Gregorovius y Wong y yo, Rocamadour, y como Perico y Ronald y Babs, todos hacemos el amor y freímos huevos y fumamos, ah, no puedes saber todo lo que fumamos, todo lo que hacemos el amor, parados, acostados, de rodillas, con las manos, con las bocas, llorando o cantando, y afuera hay de todo, las ventanas dan al aire y eso empieza con un gorrión o una gotera, llueve muchísimo aquí, Rocamadour, mucho más que en el campo, y las cosas se herrumbran, las canaletas, las patas de las palomas, los alambres con que Horacio fabrica esculturas. Casi no tenemos ropa, nos arreglamos con tan poco, un buen abrigo, unos zapatos en lo que no entre el agua, somos muy sucios, todo el mundo es muy sucio y hermoso en París, Rocamadour, las camas huelen a noche y a sueño pesado, debajo hay pelusas y libros, Horacio se duerme y el libro va a parar abajo de la cama, hay peleas terribles porque los libros no aparecen y Horacio cree que se los ha robado Ossip, hasta que un día aparecen y nos reímos, y casi no hay sitio para poner nada, ni siquiera otro par de zapatos, Rocamadour, para poner una palangana en el suelo hay que sacar el tocadiscos, pero donde ponerlo si la mesa está llena de libros. Yo no te podría tener aquí, aunque seas tan pequeño no cabrías en ninguna parte, te golpearías contra las paredes. Cuando pienso en eso me pongo a llorar, Horacio no entiende, cree que soy mala, que hago mal en no traerte, aunque sé que no te aguantaría mucho tiempo. Nadie se aguanta aquí mucho tiempo, ni siquiera tú y yo, hay que vivir combatiéndose, es la ley, la única manera que vale la pena pero duele, Rocamadour, y es sucio y amargo, a ti no te gustaría, tú que ves a veces los corderitos en el campo, o que oyes los pájaros parados en la veleta de la casa. Horacio me trata de sentimental, me trata de materialista, me trata de todo porque no te traigo o porque quiero traerte, porque renuncio, porque quiero ir a verte, porque de golpe comprendo que no puedo ir, porque soy capaz de caminar una hora bajo el agua si en algún barrio que no conozco pasan Potemkin y hay que verlo aunque se caiga el mundo, Rocamadour, porque el mundo ya no importa si uno no tiene fuerzas para seguir eligiendo algo verdadero, si uno se ordena como un cajón de la cómoda y te pone a ti de un lado, el domingo del otro, el amor de la madre, el juguete nuevo, la gare de Montparnasse, el tren, la visita que hay que hacer. No me da la gana de ir, Rocamadour, y tú sabes que está bien y no estás triste. Horacio tiene razón, no me importa nada de ti a veces, y creo que eso me lo agradecerás un día cuando comprendas, cuando veas que valía la pena que yo fuera como soy. Pero lloro lo mismo, Rocamadour, me equivoco, porque a lo mejor soy mala o estoy enferma o un poco idiota, no mucho, un poco pero eso es terrible, la sola idea me da cólicos, tengo completamente metidos para adentro los dedos de los pies, voy a reventar los zapatos si no me los saco, y te quiero tanto, Rocamadour, bebé Rocamadour, dientecito de ajo, te quiero tanto, nariz de azúcar, arbolito, caballito de juguete ... "
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Antiguo 13-08-2009, 11:57:07   #235 (permalink)
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Otro "pasaje-de-nuestra-vida" (que algunos dirán que es de emos, maricones y demás, pero cada vez que lo leo es como una jodida mantra):


Si el hombre pudiera decir lo que ama (Luis Cernuda)


Si el hombre pudiera decir lo que ama …
si el hombre pudiera levantar su amor por el cielo
como una nube en la luz;
si como muros que se derrumban
para saludar la verdad erguida en medio
pudiera derrumbar su cuerpo,
dejando sólo la verdad de su amor,
la verdad de sí mismo,
que no se llama gloria, fortuna o ambición
sino amor o deseo,
yo sería aquel que imaginaba;
aquel que con su lengua, sus ojos y sus manos
proclama ante los hombres la verdad ignorada,
la verdad de su amor verdadero.

Libertad no conozco sino la libertad de estar preso en alguien
cuyo nombre no puedo oír sin escalofrío;
alguien por quien me olvido de esta existencia mezquina,
por quien el día y la noche son para mí lo que quiera,
y mi cuerpo y espíritu flotan en su cuerpo y espíritu
como leños perdidos que el mar anega o levanta …
libremente, con la libertad del amor,
la única libertad que me exalta,
la única libertad por que muero.

Tú justificas mi existencia:
si no te conozco, no he vivido;
si muero sin conocerte, no muero, porque no he vivido.
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Antiguo 23-08-2009, 18:51:49   #236 (permalink)
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Cuando Rosemary Savage Samarco estaba en su lecho de muerte (el quinto de diez), le dijo a su hija, Celeste Boyle: "Te juro por Dios que lo único que me ha producido placer en esta vida ha sido tocarle las pelotas a tu padre siempre que he podido".

...

Sin embargo, su madre siguió viviendo. Sobrevivió a pesar de una colitis, de los ataques de diabetes, de una insuficiencia renal, dos infartos de miocardio y tumores cancerígenos en un pecho y en el colon. Un día, el páncreas le dejó de funcionar, de repente, y una semana más tarde volvió a funcionar, con muchas ganas de empezar de nuevo; los médicos no hacían más que preguntarle a Celeste si podrían examinar el cuerpo de su madre una vez que ésta hubiera muerto.

Celeste les preguntaba las primeras veces:

-¿Qué partes?

-Todas.


MYSTIC RIVER, Dennis Lehane

EDITADO COBARDEMENTE POR Yo tt fecha: 23-08-2009 a las 19:09:31.
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Antiguo 23-08-2009, 19:08:42   #237 (permalink)
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Observó los rostros de la gente de las gradas: casi todos tenían una expresión de animosidad y de gran cansancio y parecía que los hinchas se tomaban la derrota de modo más personal que los mismos jugadores. Tal vez lo hicieran. Dave se imaginó que para muchos sería el único partido al que irían aquel año. Habían llevado a los niños, a la mujer y habían salido de su casa de California a última hora de la tarde con neveras portátiles para las fiestas de después del partido; además, cada una de las cinco entradas les había costado treinta dólares, y eso para acabar sentándose en los asientos más baratos, colocarles a sus hijos gorras de veinticinco dólares, comer hamburguesas de rata de seis dólares, perritos calientes de cuatro dólares y medio, Pepsi aguada y barras pegajosas de helado que se les derretían por las muñecas. Dave sabía que habían ido allí para sentirse eufóricos y exultantes, para que el excepcional espectáculo de la victoria les hiciera olvidar sus vidas por un momento. Ése era el motivo por el cual los anfiteatros y los estadios de béisbol se asemejaban a las catedrales: por el zumbido de las luces, por las oraciones que se decían en voz baja y por los cuarenta mil corazones que latían al unísono con la misma esperanza colectiva.

Gana por mí. Gana por mis hijos. Gana por mi matrimonio, gana para que pueda llevarme esa victoria al coche y pueda disfrutar de ese triunfo con la familia mientras regresamos a nuestras vidas llenas de fracasos.

Gana por mí. Gana. Gana. Gana.

Sin embargo, cuando el equipo perdió, toda aquella esperanza colectiva se rompió en mil pedazos y toda la apariencia de unidad que se había sentido con el resto de feligreses desapareció con ella. Tu equipo te había fallado y sólo sirvió para recordarte que, en general, cada vez que intentabas algo, perdías. Cuando uno albergaba esperanzas, la esperanza moría. Y te quedabas allí sentado entre los restos de envoltorios de celofán, de palomitas de maíz, de vasos blandos y empapados amontonados entre los despojos entumecidos de tu propia vida; además, tenías que recorrer un pasillo largo y oscuro para llegar a un aparcamiento igualmente largo y oscuro, entre una gran multitud de extraños borrachos y airados, una esposa silenciosa que te hacía recordar tu último fracaso y tres niños maniáticos. Lo único que uno podía hacer era meterse en el coche y volver a casa, al mismo lugar del que aquella catedral había prometido transportarte.

MYSTIC RIVER, Dennis Lehane
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Antiguo 11-09-2009, 19:54:25   #238 (permalink)
La maldición calva
FREAK TOTAL
 
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Spoiler ...







Para ti.
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Antiguo 20-09-2009, 21:28:43   #239 (permalink)
Clásico
 
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"Pensó Winston que los mejores libros son los que nos dicen lo que ya sabemos."

1984
, George Orwell.
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Antiguo 04-12-2009, 22:59:36   #240 (permalink)
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Los números primos sólo son exactamente divisibles por 1 y por sí mismos. Ocupan su sitio en la infinita serie de los números naturales y están, como todos los demás, emparedados entre otros dos números, aunque ellos más separados entre sí. Son números solitarios, sospechosos, y por eso encantaban a Mattia, que unas veces pensaba que en esa serie figuraban por error, como perlas ensartadas en un collar, y otras veces que también ellos querrían ser como los demás, números normales y corrientes, y que por alguna razón no podían. Esto último lo pensaba sobre todo por la noche, en ese estado previo al sueño en que la mente produce mil imágenes caóticas y es demasiado débil para engañarse a sí misma.


En primer curso de la universidad había estudiado ciertos números primos más especiales que el resto, y a los que los matemáticos llaman primos gemelos: son parejas de primos sucesivos, o mejor, casi sucesivos, ya que entre ellos siempre hay un número par que les impide ir realmente unidos, como el 11 y el 13, el 17 y el 19, el 41 y el 43. Si se tiene paciencia y se sigue contando, se descubre que dichas parejas aparecen cada vez con menos frecuencia. Lo que encontramos son números primos aislados, como perdidos en ese espacio silencioso y rítmico hecho de cifras, y uno tiene la angustiosa sensación de que las parejas halladas anteriormente no son sino hechos fortuitos, y que el verdadero destino de los números primos es quedarse solos. Pero cuando, ya cansados de contar, nos disponemos a dejarlo, topamos de pronto con otros dos gemelos estrechamente unidos. Es convencimiento general entre los matemáticos que, por muy atrás que quede la última pareja, siempre acabará apareciendo otra, aunque hasta ese momento nadie pueda predecir dónde.


Mattia pensaba que él y Alice eran eso, dos primos gemelos solos y perdidos, próximos pero nunca juntos. A ella no se lo había dicho. Cuando se imaginaba confiándole cosas así, la fina capa de sudor que cubría sus manos se evaporaba y durante los siguientes diez minutos era incapaz de tocar nada.


La Soledad de los Números Primos, Paolo Giordano

EDITADO COBARDEMENTE POR Yo tt fecha: 04-12-2009 a las 23:00:48.
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Antiguo 05-12-2009, 15:19:07   #241 (permalink)
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Cita:
ruben_clv dijo: Ver Mensaje
EL LOBO-HOMBRE
BORIS VIAN
Éste me falta por leer todavía (entre otros del mismo autor).

Del mismo autor podría citar algunos breves textos, para mí inolvidables:
Cita:
El Arrancacorazones

(...) Cincuenta metros más y, a bastante distancia de él, apareció la iglesia. Y, en el arroyo rojo, una barca inmóvil. Los remos colgaban a uno y otro lado. Detrás de la proa, que se le presentaba de tres cuartos, percibió una forma oscura, animada de movimientos imprecisos, y se acercó para averiguar de qué se trataba.
Cuando llegó a la altura de la barca, vio al hombre que se aferraba a la borda y se esforzaba por volver a subir. El agua del arroyo rojo se deslizaba por sus ropas, formando perlas vivas, sin llegar a mojarlas. Apareció su cabeza por encima de la borda. La barca se agitaba, se balanceaba a consecuencia de sus esfuerzos. Jacquemort distinguió por fin la cara del hombre que, en un postrer esfuerzo, logró pasar un brazo y una pierna y cayó de bruces al fondo de la barca. Era un hombre de edad avanzada. En su rostro lampiño, surcado de arrugas, brillaban unos ojos azules y lejanos. Sus largos cabellos blancos le daban una expresión a la vez digna y benévola, pero su boca, en reposo, translucía amargura. En ese momento tenía entre los dientes un objeto que Jacquemort no alcanzó a identificar.
Jacquemort le gritó:
-¿Le ocurre algo? -preguntó.
El hombre se enderezó y logró sentarse. Dejó caer el objeto que acababa de recoger con sus mandíbulas.
-¿Qué dice? -preguntó.
Se inclinó sobre sus remos y acercó la barca a la orilla. Unos pocos golpes de remo le bastaron. Jacquemort pudo así comprobar que la orilla se hundía verticalmente bajo el agua, como si se tratara de una falla.
-¿Necesita ayuda? -preguntó Jacquemort.
El hombre lo miró. Iba cubierto de un sayo y otros harapos informes.
-¿Es usted extranjero? -preguntó a su vez.
-Sí -repuso Jacquemort.
-De no ser así, no me hablaría usted de esa forma -observó el hombre, casi como para su fuero interno.
-Puedo haberse ahogado -dijo Jacquemort.
-No en esta agua -dijo el hombre-. Es muy variable: a veces, no flota ni la madera, y otras veces las piedras se quedan en la superficie; pero los cuerpos flotan siempre, y no se hunden.
-Pero, ¿qué ha pasado? -quiso saber Jacquemort-. ¿Se ha caído usted de la barca?
-Estaba trabajando -dijo el hombre. La gente tira las cosas muertas al agua para que yo las recoja. Con los dientes. Me pagan por eso.
-Pero si una red también serviría -dijo Jacquemort.
Sentía una especie de inquietud, como si estuviera hablando con alguien de otro planeta. Sensación que todos conocemos, claro está, claro está.
-Tengo que recogerlas con los dientes -dijo el hombre-. Lo que está muerto o lo que está podrido. La gente lo tira para eso. A veces dejan que las cosas se pudran sólo para poder tirarlas. Y tengo que cogerlas con los dientes. Para que me revienten en la boca. Para que me infecten la cara.
-¿Y le pagan mucho por eso? -preguntó Jacquemort.
-Me proporcionan la barca -dijo el hombre-, y me pagan con vergüenza y oro.
Al oír la palabra "vergüenza", Jacquemort no pudo evitar una expresión de disgusto, que enseguida lamentó.
-Tengo una casa -dijo el hombre, que se había percatado del gesto de Jacquemort, y sonreía-. Me dan de comer. Me dan oro. Mucho oro. Pero no lo puedo gastar. Nadie quiere venderme nada. Tengo una casa y mucho oro, pero tengo que digerir la vergüenza de todo el pueblo. Me pagan para que tenga remordimientos en su lugar. Por todas sus maldades e impiedades. Por todos sus vicios. Por sus crímenes. Por la feria de viejos. Por los animales que torturan. Por los aprendices. Por todas las inmundicias.
Se interrumpió un instante.
-Pero a usted todo esto no le interesa nada -prosiguió-. Supongo que no tiene usted intención de quedarse aquí, ¿verdad?
Hubo un largo silencio.
-Sí -dijo por fin Jacquemort-. Me voy a quedar.
-En ese caso, llegará usted a ser como los demás -dijo el hombre- También tendrá usted la conciencia tranquila, y descargará sobre mí el peso de su vergüenza. Y me dará usted oro. Pero no me venderá nada a cambio de mi oro.
-¿Cómo se llama usted? -preguntó Jacquemort.
-La Gloira -dijo el hombre- Se me conoce por La Gloira. Es el nombre de la barca. Yo ya no tengo nombre.
-Nos volveremos a ver... -dijo Jacquemort.
-Será usted como ellos -repitió el hombre-. Dejará usted de hablarme. Sólo me pagará. Y me arrojará todas sus inmundicias. Y su vergüenza.
-¿Y por qué se dedica usted a eso? -preguntó Jacquemort.
El hombre se encogió de hombros.
-Antes que yo había otro -repuso.
-¿Y cómo fue que lo sustituyó usted? -insistió Jacquemort.
-El primero que tenga más vergüenza que yo tendrá que ocupar mi lugar -dijo el hombre-. Siempre ha sido así en este pueblo. Son muy creyentes. Su conciencia es para ellos. Y nada de remordimientos. Pero el que flaquea... El que se subleva...
-Lo embarcan en La Gloira... -concluyó Jacquemort-. Y usted fue un rebelde.
-¡Oh! Eso ya no ocurre con mucha frecuencia... -dijo el hombre-. Quizás yo sea el último. Mi madre no era de aquí.
Volvió a su lugar y empuñó los remos.
-Tengo que seguir trabajando -dijo-. Hasta la vista.
-Hasta la vista -dijo Jacquemort.
(...)
Éste te lo dedico a ti, Pulga

Cita:
La espuma de los días

Los dos mozos de cuerda encontraron a Colin en la entrada del piso, esperándoles. Estaban cubiertos de suciedad, porque la escalera se deterioraba cada vez más. Pero llevaban la ropa más vieja que tenían y siete más siete menos ni se les notaba. A través de los agujeros de sus uniformes, se veían los pelos rojizos de sus feas piernas nudosas y saludaron a Colin dándole un tantarantán en el vientre, tal como está previsto en el reglamento de los entierros pobres.
La entrada parecía ahora el pasadizo de una cueva. Tuvieron que agachar la cabeza para poder llegar a la alcoba de Chloé. Los del ataúd ya se habían marchado. No se veía ya a Chloé sino una vieja caja negra, marcada con un número de orden y toda abollada. La cogieron y, sirviéndose de ella como de un ariete, la precipitaron por la ventana. No se descendía a los muertos en hombros más que en los entierros de quinientos doblezones.
-Debe de ser por eso por lo que la caja tiene tantas abolladuras -pensó Colin, y lloró porque Chloé debía de estar magullada y descompuesta.
Pensó que ella ya no sentía nada y lloró más fuerte. La caja cayó con estrépito sobre los adoquines y rompió la pierna de un niño que estaba jugando allí mismo. Empujaron la caja contra la acera y la izaron al coche de muertos.
Era un viejo camión pintado de rojo que conducía uno de los mozos.
Poca gente seguía al camión: Nicolás, Isis, Colin y una o dos personas que no conocían. El camión iba bastante deprisa. Tuvieron que correr para seguido. El conductor cantaba a voz en cuello. Sólo callaba a partir de doscientos cincuenta doblezones.
Se detuvieron delante de la iglesia y la caja negra permaneció allí mientras ellos entraban para la ceremonia. El Religioso, hosco, les volvía la espalda y empezó a agitarse sin convicción. Colin estaba de pie delante del altar.
Alzó los ojos: delante de él, colgado de la pared, estaba Jesús en su cruz. Parecía aburrirse y Colin le preguntó:
-¿Por qué ha muerto Chloé?
-Yo no tengo ninguna responsabilidad en ese asunto -dijo Jesús-. ¿Y si hablamos de otra cosa?...
-¿Quién es el responsable de todo esto? -preguntó Colin.
Hablaban en voz muy baja y los demás no podían oír su conversación.
-En todo caso, no nosotros -dijo Jesús.
-Yo os invité a nuestra boda -dijo Colin.
-Salió muy bien -dijo Jesús-, me lo pasé muy bien. ¿Por qué no has dado más dinero esta vez?
-No lo tengo -dijo Colin- y, además, ahora no es mi boda.
-Ya -dijo Jesús.
Parecía molesto.
-Es muy diferente -dijo Colin-. Esta vez, se ha muerto Chloé. No me gusta pensar en esa caja negra.
-Mmmmmm... -dijo Jesús.
Miraba hacia otro sitio y parecía aburrirse. El Religioso daba vueltas a una carraca mientras aullaba versos en latín.
- ¿Por qué la habéis hecho morir? -preguntó Colin.
-¡Oh! -dijo Jesús-. No insistas.
Buscó una postura más cómoda en sus clavos.
-Era tan buena -dijo Colin-. Jamás hizo mal alguno, ni en pensamiento ni en obra.
-Eso no tiene nada que ver con la religión -refunfuñó Jesús, bostezando.
Sacudió un poco la cabeza para cambiar la inclinación de su corona de espinas.
-No comprendo qué hemos hecho -dijo Colin-. No nos merecíamos esto.
Bajó los ojos. Jesús no respondió. Colin levantó la cabeza.
El pecho de Jesús se elevaba suave y regularmente. Sus rasgos respiraban tranquilidad. Sus ojos se habían cerrado y Colin oyó salir de su nariz un ligero ronroneo de satisfacción, como el de un gato ahíto. En ese momento, el Religioso saltaba sobre un pie y luego sobre el otro, soplaba en un tubo y se terminó la ceremonia.
El Religioso salió el primero de la iglesia y volvió a la sacristería a ponerse unos zapatones de clavos.
Colin, Isis y Nicolás salieron y esperaron detrás del camión.
Aparecieron entonces el Vertiguero y el Monapillo, ricamente vestidos de colores claros. Se pusieron a abuchear a Colin y bailaron como salvajes alrededor del camión. Colin se tapó los oídos, pero no podía decir nada. Había contratado un entierro de pobre y no se movió cuando le alcanzaron los puñados de guijarros
Cita:
Escupiré sobre vuestra tumba

(...) Empuñé la guitarra. Era una excelente Ediphone. Pero no es muy cómodo tocar sentado en el suelo, así que le dije a Dick:
–¿Te importa que me traiga el asiento del coche?
–Voy contigo –dijo Jicky.
Y se escabulló como una anguila por entre las ramas. Me hizo un curioso efecto, ver aquel cuerpo de adolescente, bajo aquella cabeza de starlette, rodeado por las sombras de los arbustos.
Dejé la guitarra y la seguí. Me llevaba ventaja, y cuando llegué al coche, ella ya volvía cargada con el pesado asiento de cuero.
–¡Dame eso! –le dije.
–¡Déjame tranquila, Tarzán! –gritó.
Hice caso omiso de sus protestas, y la agarré por detrás con brutalidad. Soltó el asiento y se dejó hacer. Yo me habría tirado hasta una mona. Debió de darse cuenta, porque empezó a revolverse con todas sus fuerzas. Me eché a reír. Me gustaba. Allí la hierba era alta, y mullida como una colchoneta hinchable. Se deslizó al suelo y yo la seguí. Luchábamos como salvajes. Estaba bronceada hasta la punta de los senos, sin esas marcas de sostén que tanto afean a las mujeres desnudas. Y tersa como un albaricoque, desnuda como una niña, pero cuando conseguí tenerla debajo de mí, me di cuenta de que sabía mucho más que una niña. (...)
"Escupiré sobre vuestra tumba" fue el primer libro de Vian que leí, y por eso cité dicho párrafo en apariencia insustancial... pero es que no sabéis cómo me impactó el "¡Déjame tranquila, Tarzán!"... Bobby-soxers...
Lolitonta se la estará cascando   Responder Con Cita
Antiguo 10-12-2009, 20:20:45   #242 (permalink)
Friki
 
Avatar de Lebrom
 
Fecha de registro: Nov 2006
Masunos: 1.282
Predeterminado

Spoiler ...


La caligrafía secreta
Lebrom se la estará cascando   Responder Con Cita
Antiguo 02-01-2010, 18:51:51   #243 (permalink)
Asiduo
 
Avatar de Yo tt
 
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Ubicación: A veces
Masunos: 340
Predeterminado

Quizá la mayor facultad que posee nuestra mente sea la capacidad de sobrellevar el dolor. El pensamiento clásico nos enseña las cuatro puertas de la mente, por las que cada uno pasa según sus necesidades.

La primera es la puerta del sueño. El sueño nos ofrece un refugio del mundo y de todo su dolor. El sueño marca el paso del tiempo y nos proporciona distancia de las cosas que nos han hecho daño. Cuando una persona resulta herida, suele perder el conocimiento. Y cuando alguien recibe una noticia
traumática, suele desvanecerse o desmayarse. Así es como la mente se protege del dolor: pasando por la primera puerta.

La segunda es la puerta del olvido. Algunas heridas son demasiado profundas para curarse, o para curarse deprisa. Además, muchos recuerdos son dolorosos, y no hay curación posible. El dicho de que «el tiempo todo lo cura» es falso. El tiempo cura la mayoría de las heridas. El resto están escondidas detrás de esa puerta.

La tercera es la puerta de la locura. A veces, la mente recibe un golpe tan brutal que se esconde en la demencia. Puede parecer que eso no sea beneficioso, pero lo es. A veces, la realidad es solo dolor, y para huir de ese dolor, la mente tiene que abandonar la realidad.

La última puerta es la de la muerte. El último recurso. Después de morir, nada puede hacernos daño, o eso nos han enseñado.

El Nombre del Viento, Patrick Rothfuss
Yo tt se la estará cascando   Responder Con Cita
Antiguo 26-01-2010, 17:16:50   #244 (permalink)
FREAK TOTAL
 
Avatar de yeimsmelocotongigante
 
Fecha de registro: Jun 2005
Ubicación: NGS 549672
Masunos: 11.365
Predeterminado

Un fragmento de El quimerico Inquilino, de Roland Topor, que me estoy leyendo ahora:

(...)
Evidentemente, una vez arrancados, el diente o el brazo ya no formaban parte del individuo. Sin embargo, esto no era tan simple.
¿A partir de que momento -se preguntaba Trelkovsky- el individuo deja de ser aquello que se entiende como tal? Me arrancan un brazo, muy bien. Entonces digo: yo y mi brazo. Me arrancan los dos, y digo: yo y mis dos brazos. Si me amputan las piernas, digo: yo y mis miembros. Y si me despojan del estomago, el higado y los riñones, suponiendo que eso fuera posble, digo: yo y mis visceras. Pero si me cortan la cabeza: ¿que podria decir? ¿Yo y mi cuerpo, o yo y mi cabeza? ¿Con que derecho mi cabeza, que no es un miembro despues de todo, se arrogaría el titulo de "yo"? ¿Porque contiene el cerebro? Sin embargo hay larvas y gusanos que, al menos que yo sepa, no tienen cerebro. Para estos seres, entonces, ¿existe alguna parte de sus sesos que pueda decir: yo y mis gusanos?


__________________
yeimsmelocotongigante se la estará cascando   Responder Con Cita
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