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#226 (permalink) |
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Asiduo ![]() Fecha de registro: Jan 2009
Ubicación: A veces
Masunos: 340
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Coge a cualquiera que se lamente porque la vida le ha pasado de largo, y tendrás un cien por cien de probabilidades de que sea por sus propios problemas emocionales.
Vía Revolucionaria, Richard Yates EDITADO COBARDEMENTE POR Yo tt fecha: 28-09-2009 a las 17:11:29. |
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#229 (permalink) |
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Asiduo ![]() Fecha de registro: Jan 2009
Ubicación: A veces
Masunos: 340
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Los pensamientos de Anna Bidet habían vuelto a su interior, ocultos tras las largas pestañas que velaban sus ojos rápidos e inteligentes. Durante un rato había estado abstraída, satisfecha con la compañía de su propia mente. De vez en cuando, dirigía su atención a los hombres de su alrededor y les escuchaba un momento antes de decidir que su conversación no le interesaba, por lo que volvía a abstraerse en sí misma. Jonathan posó sus ojos en ella. Su ropa, sus escasos comentarios, sus miradas ocasionales, llenas de duda o de burla, eclipsadas a continuación por una brusca caída de pestañas, todo estaba muy estudiado. Era, a la vez, dama digna y provocativa, una combinación que era propiedad exclusiva de las mujeres parisienses de cierta edad y clase.
La Sanción de Eiger, Trevanian |
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#230 (permalink) |
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Asiduo ![]() Fecha de registro: Jan 2009
Ubicación: A veces
Masunos: 340
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Es como salir de una bolsa de celofán. Es como haber estado envuelto en celofán durante años sin saberlo, y de repente salir. Es un poco como lo que sentí la primera vez que fui al frente. Recuerdo que me hacía el serio y el asustado porque ésa era la manera habitual de actuar, pero yo no acababa de tragármelo. Quiero decir, claro que tenía miedo, pero no se trata de eso. Lo que yo sentía no tenía nada que ver con estar asustado o no. Me sentía lleno de sangre, más vivo que nunca. Todo parecía más real que lo real; la nieve de los campos, la carretera, los árboles, el cielo tan azul, todo señalado por estelas de vapor... Y los cascos y los gabanes y los rifles, y la forma de andar de los soldados... En cierto modo los quería, incluso a los tipos que me caían mal. Y recuerdo que era muy consciente del funcionamiento de mi cuerpo, del sonido de la respiración en mi nariz. Recuerdo que atravesamos una ciudad arrasada, todo ruinas y escombros, y que me pareció hermosa. Bueno, supongo que tenía tanto miedo como todos los demás, pero por dentro jamás me había sentido mejor. Y todo el tiempo pensaba: esto es real. Esto es verdad.
Vía Revolucionaria, Richard Yates |
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#231 (permalink) |
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Asiduo ![]() Fecha de registro: Jan 2009
Ubicación: A veces
Masunos: 340
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-Seguía con la idea de que en alguna parte existía un mundo de gente maravillosa, tan alejada de mí como los del último curso cuando yo iba a sexto; gente que lo sabía todo por instinto, que conseguía hacer lo que quería sin proponérselo siquiera, que no necesitaba sacar el mejor partido posible a un empleo aburrido porque jamás se le ocurría hacer nada si no era la perfección. Gente dotada de heroísmo, gente hermosa e inteligente, serena y amable, y yo me imaginaba que cuando los encontrara sabría de repente que mi sitio estaba entre ellos, que yo era uno de ellos, que mi destino había sido siempre formar parte de ese grupo y que todo lo demás había sido un error; y que ellos también lo sabrían. Yo sería como el patito feo entre los cisnes.
Shep tenía la vista fija en su perfil, confiando en que la silenciosa fuerza de su amor la hiciera girar la cabeza y mirarle. -Creo que conozco esa sensación -dijo. -Lo dudo. -April no lo miró, y las pequeñas arrugas aparecieron de nuevo en torno a su boca-. Al menos, espero que no, por tu propio bien. Es algo que no desearía a nadie. Es la más estúpida y destructiva forma de autoengaño que existe, y no da más que complicaciones. Vía Revolucionaria, Richard Yates |
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#232 (permalink) |
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Asiduo ![]() Fecha de registro: Jan 2009
Ubicación: A veces
Masunos: 340
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Llegó, por fin, una mañana en que se le desprendieron a Ramiro las escamas de la vista, y purificada ésta vio claro con el corazón. Rosa no era una hermosura cual él se la había creído y antojado, sino una figura vulgar, pero con todo el más dulce encanto de la vulgaridad recogida y mansa; era como el pan de cada día, como el pan casero y cotidiano y no un raro manjar de turbadores jugos. Tenía su pobre mujer algo de planta en la silenciosa mansedumbre, en la callada tarea de beber y atesorar luz con los ojos y derramarla luego convertida en paz; tenía algo de planta en aquella fuerza velada y a la vez poderosa con que de continuo, momento tras momento, chupaba jugos de las entrañas de la vida común ordinaria y en la dulce naturalidad con que abría sus perfumadas corolas.
La Tía Tula, Miguel de Unamuno |
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#233 (permalink) |
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Asiduo ![]() Fecha de registro: Jan 2009
Ubicación: A veces
Masunos: 340
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Katie Marcus. Por supuesto, ya la había visto con anterioridad, al igual que toda la gente del barrio. ¡Era tan atractiva! Sin embargo, muy poca gente la conocía en realidad. La belleza podía causar esos efectos: que la gente se asustara y que te mantuviera a distancia. No era como en las películas, en que la cámara hace que la belleza parezca algo que te invita a participar. En el mundo real, la belleza era como una valla que te dejaba fuera y que te hacía retroceder.
Mystic River, Dennis Lehane |
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#234 (permalink) |
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Asiduo ![]() Fecha de registro: Apr 2007
Ubicación: En un país multicolor
Masunos: 334
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"Rayuela" es un libro bastante caótico y ladrillesco-pedantesco, pero este pasaje me impactó en su momento, y muchos años después de la primera lectura, me produce cierta fascinación. Le escribe una madre - "la Maga" - a su bebé mortalmente enfermo:
"Bebé Rocamadour, bebé, mon bebé. Rocamadour: Rocamadour, ya sé que es como un espejo. Estás durmiendo o mirándote los pies. Yo aquí sostengo un espejo y creo que sos vos. Pero no lo creo, te escribo porque no sabes leer. Si supieras no te escribiría o te escribiría cosas importantes. Alguna vez tendré que escribirte que te portes bien o que te abrigues. Parece increíble que alguna vez, Rocamadour. Ahora solamente te escribo en el espejo, de vez en cuando tengo que secarme el dedo porque se moja de lágrimas. ¿Por qué, Rocamadour? No estoy triste, tu mamá es una pavota, se me fue al fuego el borsch que había hecho para Horacio; vos sabés quién es Horacio, Rocamadour, el señor que el domingo te llevó el conejito de terciopelo y que se aburría mucho porque vos y yo nos estábamos diciendo tantas cosas y él quería volver a París; entonces te pusiste a llorar y él te mostró como el conejito movía las orejas; en ese momento estaba hermoso, quiero decir Horacio, algún día comprenderás, Rocamadour. Rocamadour, es idiota llorar así porque el borsch se ha ido al fuego. La pieza está llena de remolacha, Rocamadour, te divertirías si vieras los pedazos de remolacha y la crema, todo tirado por el suelo. Menos mal que cuando venga Horacio ya habré limpiado, pero primero tenía que escribirte, llorar así es tonto, las cacerolas se ponen blandas, se ven como halos en los vidrios de la ventana, y ya no se oye cantar a la chica del piso de arriba que canta todo el día 'Les amants du Havre'. Cuando estemos juntos te lo contaré, verás. Puisque la terre est ronde, mon amour t'en fais pas, mon amour, t'en fais pas... Horacio la silba de noche cuando escribe o dibuja. A ti te gustaría, Rocamadour. A vos te gustaría, Horacio se pone furioso porque me gusta hablar de tú como Perico, pero en el Uruguay es distinto. Perico es el señor que no te llevó nada el otro día pero que hablaba tanto de los niños y la alimentación. Sabe muchas cosas, un día le tendrás mucho respeto, Rocamadour, y serás un tonto si le tienes respeto. Si le tenés, si le tenés respeto, Rocamadour. Rocamadour, madame Irène no está contenta de que seas tan lindo, tan alegre, tan llorón y gritón y meón. Ella dice que todo está muy bien y que eres un niño encantador, pero mientras habla esconde las manos en los bolsillos del delantal como hacen algunos animales malignos, Rocamadour, y eso me da miedo. Cuando se lo dije a Horacio, se reía mucho, pero no se da cuenta de que yo lo siento, y que aunque no haya ningún animal maligno que esconde las manos, yo siento, no sé lo que siento, no lo puedo explicar. Rocamadour, si en tus ojitos pudiera leer lo que te ha pasado en esos quince días, momento por momento. Me parece que voy a buscar otra nourrice aunque Horacio se ponga furioso y diga, pero a ti no te interesa lo que él dice de mí. Otra nourrice que hable menos, no importa si dice que eres malo o que lloras de noche o que no quieres comer, no importa si cuando me lo dice yo siento que no es maligna, que me está diciendo algo que no puede dañarte. Todo es tan raro, Rocamadour, por ejemplo me gusta decir tu nombre y escribirlo, cada vez me parece que te toco la punta de la nariz y que te reís, en cambio madame Irène no te llama nunca por tu nombre, dice l'enfant, fíjate, ni siquiera dice le gosse, dice l'enfant, es como si se pusiera guantes de goma para hablar, a lo mejor los tiene puestos y por eso mete las manos en los bolsillos y dice que sos tan bueno y tan bonito. Hay una cosa que se llama tiempo, Rocamadour, es como un bicho que anda y anda. No te puedo explicar porque eres tan chico, pero quiero decir que Horacio llegará en seguida. ¿Le dejo leer mi carta para que él también te diga alguna cosa? No, yo tampoco querría que nadie leyera una carta que es solamente para mí. Un gran secreto entre los dos, Rocamadour. Ya no lloro más, estoy contenta, pero es tan difícil entender las cosas, necesito tanto tiempo para entender un poco eso que Horacio y los otros entienden en seguida, pero ellos que todo lo entienden tan bien no te pueden entender a ti y a mí, no entienden que yo no puedo tenerte conmigo, darte de comer y cambiarte los pañales, hacerte dormir o jugar, no entienden y en realidad no les importa, y a mí que tanto me importa solamente sé que no te puedo tener conmigo, que es malo para los dos, que tengo que estar sola con Horacio, vivir con Horacio, quién sabe hasta cuándo ayudándolo a buscar lo que él busca y que también buscarás, Rocamadour, porque serás un hombre y también buscarás como un gran tonto. Es así, Rocamadour: En París somos como hongos crecemos en los pasamanos de las escaleras, en piezas oscuras donde huele a sebo, donde la gente hace todo el tiempo el amor y después fríe huevos y pone discos de Vivaldi, enciende los cigarrillos y habla como Horacio y Gregorovius y Wong y yo, Rocamadour, y como Perico y Ronald y Babs, todos hacemos el amor y freímos huevos y fumamos, ah, no puedes saber todo lo que fumamos, todo lo que hacemos el amor, parados, acostados, de rodillas, con las manos, con las bocas, llorando o cantando, y afuera hay de todo, las ventanas dan al aire y eso empieza con un gorrión o una gotera, llueve muchísimo aquí, Rocamadour, mucho más que en el campo, y las cosas se herrumbran, las canaletas, las patas de las palomas, los alambres con que Horacio fabrica esculturas. Casi no tenemos ropa, nos arreglamos con tan poco, un buen abrigo, unos zapatos en lo que no entre el agua, somos muy sucios, todo el mundo es muy sucio y hermoso en París, Rocamadour, las camas huelen a noche y a sueño pesado, debajo hay pelusas y libros, Horacio se duerme y el libro va a parar abajo de la cama, hay peleas terribles porque los libros no aparecen y Horacio cree que se los ha robado Ossip, hasta que un día aparecen y nos reímos, y casi no hay sitio para poner nada, ni siquiera otro par de zapatos, Rocamadour, para poner una palangana en el suelo hay que sacar el tocadiscos, pero donde ponerlo si la mesa está llena de libros. Yo no te podría tener aquí, aunque seas tan pequeño no cabrías en ninguna parte, te golpearías contra las paredes. Cuando pienso en eso me pongo a llorar, Horacio no entiende, cree que soy mala, que hago mal en no traerte, aunque sé que no te aguantaría mucho tiempo. Nadie se aguanta aquí mucho tiempo, ni siquiera tú y yo, hay que vivir combatiéndose, es la ley, la única manera que vale la pena pero duele, Rocamadour, y es sucio y amargo, a ti no te gustaría, tú que ves a veces los corderitos en el campo, o que oyes los pájaros parados en la veleta de la casa. Horacio me trata de sentimental, me trata de materialista, me trata de todo porque no te traigo o porque quiero traerte, porque renuncio, porque quiero ir a verte, porque de golpe comprendo que no puedo ir, porque soy capaz de caminar una hora bajo el agua si en algún barrio que no conozco pasan Potemkin y hay que verlo aunque se caiga el mundo, Rocamadour, porque el mundo ya no importa si uno no tiene fuerzas para seguir eligiendo algo verdadero, si uno se ordena como un cajón de la cómoda y te pone a ti de un lado, el domingo del otro, el amor de la madre, el juguete nuevo, la gare de Montparnasse, el tren, la visita que hay que hacer. No me da la gana de ir, Rocamadour, y tú sabes que está bien y no estás triste. Horacio tiene razón, no me importa nada de ti a veces, y creo que eso me lo agradecerás un día cuando comprendas, cuando veas que valía la pena que yo fuera como soy. Pero lloro lo mismo, Rocamadour, me equivoco, porque a lo mejor soy mala o estoy enferma o un poco idiota, no mucho, un poco pero eso es terrible, la sola idea me da cólicos, tengo completamente metidos para adentro los dedos de los pies, voy a reventar los zapatos si no me los saco, y te quiero tanto, Rocamadour, bebé Rocamadour, dientecito de ajo, te quiero tanto, nariz de azúcar, arbolito, caballito de juguete ... " |
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#235 (permalink) |
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Asiduo ![]() Fecha de registro: Apr 2007
Ubicación: En un país multicolor
Masunos: 334
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Otro "pasaje-de-nuestra-vida" (que algunos dirán que es de emos, maricones y demás, pero cada vez que lo leo es como una jodida mantra):
Si el hombre pudiera decir lo que ama (Luis Cernuda) Si el hombre pudiera decir lo que ama … si el hombre pudiera levantar su amor por el cielo como una nube en la luz; si como muros que se derrumban para saludar la verdad erguida en medio pudiera derrumbar su cuerpo, dejando sólo la verdad de su amor, la verdad de sí mismo, que no se llama gloria, fortuna o ambición sino amor o deseo, yo sería aquel que imaginaba; aquel que con su lengua, sus ojos y sus manos proclama ante los hombres la verdad ignorada, la verdad de su amor verdadero. Libertad no conozco sino la libertad de estar preso en alguien cuyo nombre no puedo oír sin escalofrío; alguien por quien me olvido de esta existencia mezquina, por quien el día y la noche son para mí lo que quiera, y mi cuerpo y espíritu flotan en su cuerpo y espíritu como leños perdidos que el mar anega o levanta … libremente, con la libertad del amor, la única libertad que me exalta, la única libertad por que muero. Tú justificas mi existencia: si no te conozco, no he vivido; si muero sin conocerte, no muero, porque no he vivido. |
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#236 (permalink) |
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Asiduo ![]() Fecha de registro: Jan 2009
Ubicación: A veces
Masunos: 340
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Cuando Rosemary Savage Samarco estaba en su lecho de muerte (el quinto de diez), le dijo a su hija, Celeste Boyle: "Te juro por Dios que lo único que me ha producido placer en esta vida ha sido tocarle las pelotas a tu padre siempre que he podido".
... Sin embargo, su madre siguió viviendo. Sobrevivió a pesar de una colitis, de los ataques de diabetes, de una insuficiencia renal, dos infartos de miocardio y tumores cancerígenos en un pecho y en el colon. Un día, el páncreas le dejó de funcionar, de repente, y una semana más tarde volvió a funcionar, con muchas ganas de empezar de nuevo; los médicos no hacían más que preguntarle a Celeste si podrían examinar el cuerpo de su madre una vez que ésta hubiera muerto. Celeste les preguntaba las primeras veces: -¿Qué partes? -Todas. MYSTIC RIVER, Dennis Lehane EDITADO COBARDEMENTE POR Yo tt fecha: 23-08-2009 a las 19:09:31. |
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#237 (permalink) |
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Asiduo ![]() Fecha de registro: Jan 2009
Ubicación: A veces
Masunos: 340
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Observó los rostros de la gente de las gradas: casi todos tenían una expresión de animosidad y de gran cansancio y parecía que los hinchas se tomaban la derrota de modo más personal que los mismos jugadores. Tal vez lo hicieran. Dave se imaginó que para muchos sería el único partido al que irían aquel año. Habían llevado a los niños, a la mujer y habían salido de su casa de California a última hora de la tarde con neveras portátiles para las fiestas de después del partido; además, cada una de las cinco entradas les había costado treinta dólares, y eso para acabar sentándose en los asientos más baratos, colocarles a sus hijos gorras de veinticinco dólares, comer hamburguesas de rata de seis dólares, perritos calientes de cuatro dólares y medio, Pepsi aguada y barras pegajosas de helado que se les derretían por las muñecas. Dave sabía que habían ido allí para sentirse eufóricos y exultantes, para que el excepcional espectáculo de la victoria les hiciera olvidar sus vidas por un momento. Ése era el motivo por el cual los anfiteatros y los estadios de béisbol se asemejaban a las catedrales: por el zumbido de las luces, por las oraciones que se decían en voz baja y por los cuarenta mil corazones que latían al unísono con la misma esperanza colectiva.
Gana por mí. Gana por mis hijos. Gana por mi matrimonio, gana para que pueda llevarme esa victoria al coche y pueda disfrutar de ese triunfo con la familia mientras regresamos a nuestras vidas llenas de fracasos. Gana por mí. Gana. Gana. Gana. Sin embargo, cuando el equipo perdió, toda aquella esperanza colectiva se rompió en mil pedazos y toda la apariencia de unidad que se había sentido con el resto de feligreses desapareció con ella. Tu equipo te había fallado y sólo sirvió para recordarte que, en general, cada vez que intentabas algo, perdías. Cuando uno albergaba esperanzas, la esperanza moría. Y te quedabas allí sentado entre los restos de envoltorios de celofán, de palomitas de maíz, de vasos blandos y empapados amontonados entre los despojos entumecidos de tu propia vida; además, tenías que recorrer un pasillo largo y oscuro para llegar a un aparcamiento igualmente largo y oscuro, entre una gran multitud de extraños borrachos y airados, una esposa silenciosa que te hacía recordar tu último fracaso y tres niños maniáticos. Lo único que uno podía hacer era meterse en el coche y volver a casa, al mismo lugar del que aquella catedral había prometido transportarte. MYSTIC RIVER, Dennis Lehane |
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#240 (permalink) |
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Asiduo ![]() Fecha de registro: Jan 2009
Ubicación: A veces
Masunos: 340
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Los números primos sólo son exactamente divisibles por 1 y por sí mismos. Ocupan su sitio en la infinita serie de los números naturales y están, como todos los demás, emparedados entre otros dos números, aunque ellos más separados entre sí. Son números solitarios, sospechosos, y por eso encantaban a Mattia, que unas veces pensaba que en esa serie figuraban por error, como perlas ensartadas en un collar, y otras veces que también ellos querrían ser como los demás, números normales y corrientes, y que por alguna razón no podían. Esto último lo pensaba sobre todo por la noche, en ese estado previo al sueño en que la mente produce mil imágenes caóticas y es demasiado débil para engañarse a sí misma.
En primer curso de la universidad había estudiado ciertos números primos más especiales que el resto, y a los que los matemáticos llaman primos gemelos: son parejas de primos sucesivos, o mejor, casi sucesivos, ya que entre ellos siempre hay un número par que les impide ir realmente unidos, como el 11 y el 13, el 17 y el 19, el 41 y el 43. Si se tiene paciencia y se sigue contando, se descubre que dichas parejas aparecen cada vez con menos frecuencia. Lo que encontramos son números primos aislados, como perdidos en ese espacio silencioso y rítmico hecho de cifras, y uno tiene la angustiosa sensación de que las parejas halladas anteriormente no son sino hechos fortuitos, y que el verdadero destino de los números primos es quedarse solos. Pero cuando, ya cansados de contar, nos disponemos a dejarlo, topamos de pronto con otros dos gemelos estrechamente unidos. Es convencimiento general entre los matemáticos que, por muy atrás que quede la última pareja, siempre acabará apareciendo otra, aunque hasta ese momento nadie pueda predecir dónde. Mattia pensaba que él y Alice eran eso, dos primos gemelos solos y perdidos, próximos pero nunca juntos. A ella no se lo había dicho. Cuando se imaginaba confiándole cosas así, la fina capa de sudor que cubría sus manos se evaporaba y durante los siguientes diez minutos era incapaz de tocar nada. La Soledad de los Números Primos, Paolo Giordano EDITADO COBARDEMENTE POR Yo tt fecha: 04-12-2009 a las 23:00:48. |
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#241 (permalink) | |||
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Asiduo ![]() Fecha de registro: Aug 2008
Ubicación: en casa de Antonio Larrosa
Masunos: 350
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Éste me falta por leer todavía (entre otros del mismo autor).
Del mismo autor podría citar algunos breves textos, para mí inolvidables: Cita:
Cita:
Cita:
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#243 (permalink) |
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Asiduo ![]() Fecha de registro: Jan 2009
Ubicación: A veces
Masunos: 340
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Quizá la mayor facultad que posee nuestra mente sea la capacidad de sobrellevar el dolor. El pensamiento clásico nos enseña las cuatro puertas de la mente, por las que cada uno pasa según sus necesidades.
La primera es la puerta del sueño. El sueño nos ofrece un refugio del mundo y de todo su dolor. El sueño marca el paso del tiempo y nos proporciona distancia de las cosas que nos han hecho daño. Cuando una persona resulta herida, suele perder el conocimiento. Y cuando alguien recibe una noticia traumática, suele desvanecerse o desmayarse. Así es como la mente se protege del dolor: pasando por la primera puerta. La segunda es la puerta del olvido. Algunas heridas son demasiado profundas para curarse, o para curarse deprisa. Además, muchos recuerdos son dolorosos, y no hay curación posible. El dicho de que «el tiempo todo lo cura» es falso. El tiempo cura la mayoría de las heridas. El resto están escondidas detrás de esa puerta. La tercera es la puerta de la locura. A veces, la mente recibe un golpe tan brutal que se esconde en la demencia. Puede parecer que eso no sea beneficioso, pero lo es. A veces, la realidad es solo dolor, y para huir de ese dolor, la mente tiene que abandonar la realidad. La última puerta es la de la muerte. El último recurso. Después de morir, nada puede hacernos daño, o eso nos han enseñado. El Nombre del Viento, Patrick Rothfuss |
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#244 (permalink) |
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FREAK TOTAL ![]() Fecha de registro: Jun 2005
Ubicación: NGS 549672
Masunos: 11.365
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Un fragmento de El quimerico Inquilino, de Roland Topor, que me estoy leyendo ahora:
(...) Evidentemente, una vez arrancados, el diente o el brazo ya no formaban parte del individuo. Sin embargo, esto no era tan simple. ¿A partir de que momento -se preguntaba Trelkovsky- el individuo deja de ser aquello que se entiende como tal? Me arrancan un brazo, muy bien. Entonces digo: yo y mi brazo. Me arrancan los dos, y digo: yo y mis dos brazos. Si me amputan las piernas, digo: yo y mis miembros. Y si me despojan del estomago, el higado y los riñones, suponiendo que eso fuera posble, digo: yo y mis visceras. Pero si me cortan la cabeza: ¿que podria decir? ¿Yo y mi cuerpo, o yo y mi cabeza? ¿Con que derecho mi cabeza, que no es un miembro despues de todo, se arrogaría el titulo de "yo"? ¿Porque contiene el cerebro? Sin embargo hay larvas y gusanos que, al menos que yo sepa, no tienen cerebro. Para estos seres, entonces, ¿existe alguna parte de sus sesos que pueda decir: yo y mis gusanos? ![]()
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