Manuel Francisco Dos Santos. Jugaba, como tantos brasileños, con el apodo familiar: Garrincha. Una garrincha es un pajarraco feo y torpe de la selva brasileña. Garrincha además tenía una pierna sensiblemente más corta que la otra, y a la hora de andar andaba como el culo, a la hora de correr corría como el culo pero a la hora de regatear esto le sirvió para mearse en la boca de los defensas de cinco continentes.
Garrincha se reía de sus contrarios. Garrincha era el mejor. Garrincha ganó dos mundiales con Brasil y es uno de los mejores extremos de la historia del fútbol mundial.
Y cuando el partido acababa Garrincha se sacaba su cigarrito, se iba al bar con su amiga la bebida, su amigo el juego y luego a ver a quién se follaba, y de vez en cuando hacía un hijo por ahí. Treinta y seis tuvo. Pero sólo reconoció como suyos a nueve. Todos con la misma. Pero con distintas mujeres. Se casó tres veces.
Y cuando se retiró del fútbol, desde que se levantaba hasta que se acostaba, cachaça y más cachaça. Y a derrochar el poco dinero que había ahorrado. Garrincha, que llenaba estadios, sólo quería llenar su hígado de cachaça, y se le podía ver alcoholizado, sucio, cojo y viejo yendo a cualquier sitio donde le dieran otra copa más.
Hay muchas anécdotas sobre Garrincha. Como aquella en la que en un mundial le dijo al entrenador "Maestro ¿hoy es la final?" Sí. "Ah, con razón hay tanta gente".
"Yo no vivo la vida, la vida me vive a mí", dijo en una ocasión. Grande, coño, grande.