Los libros dan prestigio. Muchas familias compran colecciones de libros para tenerlas en el salón de la casa, aunque nadie los lea. Incluso hay imitaciones de libros realizadas en madera, en cuyos lomos primorosamente labrados consta el título de una obra de la literatura universal y el nombre de su autor. Salen más baratos que los libros de verdad y resultan mucho más decorativos.
A los Estados les pasa como a las familias, que cuando alcanzan cierta prosperidad económica buscan el prestigio de los libros. El número de bibliotecas o el de libros por habitante viene a ser algo así como aquellos libros de madera que decoran los saloncitos de las casas proletarias que juegan a ser clases medias.
Mientras la gente lea libros sobre "Cómo triunfar en cien páginas", o sobre bricolage... no habrá ningún peligro. Lo peligroso, para las familias y para el Estado, es que a la gente le diera por leer a los clásicos y a los grandes poetas. Pero para conjurar ese peligro están las escuelas y las correspondientes leyes de educación, capaces por sí solas de disuadir a quienes no sólo no se conforman con los libros de madera, sino que además albergan la osadía de pretender seleccionarlos y leerlos de verdad.
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Precaución: letras (la combinación de dos o más de ellas puede llegar a tener significado)
CHEREE
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